¡¿Qué que qué?! ¿Leyeron? ¿Leyeron bien? Sí, creo que sí. No, no es la misma de antaño, hoy se trata de otra desnutrición, no la de los años setenta; esta es tan sensible como la anterior, quizás de más difícil desarraigo.
No es fácil abordarla, pues la medicina de esta “nueva” desnutrición está en las manos de nosotros mismos. Al comenzar a acometer las ideas, traje a mi memoria tanto los logros del médico chileno que propició el fantástico y exitoso programa de desnutrición infantil en nuestro país; así mismo, recordé las “hazañas” de un médico argentino que propiciaba que en la primera infancia era necesario “alimentar con amor”; no solo nutrir, sino hacerlo con ternura, con amor.
Ese es el inicio, el compromiso, alimentar, nutrir, y luego, a la par, añadirle valor agregado. ¿Cuál? ¿Cuáles? Afecto, cariño, apego, ternura, amor, dulzura, mimos, arrumacos, necesario, muy necesarios en las primeras horas, días, semanas, meses, sino años de vida. ¿Cuánto? Lo más que sea posible, lo más posible.
No más rodeos. Urge, es urgente llevar a cabo, ahora, un plan de desnutrición afectiva; no hay duda que esta carencia aflige, aqueja a nuestro país, a lo largo y ancho, no hay sector, no hay rincón que se salve, no; no es exclusivo de cierta población, probablemente haya matices, pero es un mal extendido. Y como he señalado antes, soy más partidario de la solucionática que de la problemática, así es que a por ella.
He aquí un ensayo.
Primer acto.
Hoy, (día viernes después del mediodía) en clase con una veintena de estudiantes enseñé a saludar en mapudungun. E ilustré que «mari mari» es ni más ni menos que diez y diez. El saludo próximo, estrechamiento de manos (acto no verbal) con la expresión verbal no puede ser mejor señal de hermandad, de fraternidad. ¿Por qué «diez»? Yo extiendo «cinco» con mi mano derecha, lo que recíprocamente hace mi hermano al extender sus «cinco», sumamos «diez» («mari»); pero hay más, con mi mano izquierda (mis otros «cinco») estrecho el antebrazo derecho de mi hermano, gesto que él replica con su respectiva mano izquierda (sus otros «cinco»), y así, sumamos diez y diez, «mari mari». ¿Qué tal?
Segundo acto.
Me despedí con un «¡Adiós!», que también enseñé minutos antes. Decir ¡Adiós!, es -venciendo la economía del mayor esfuerzo- decir «A Dios te encomiendo por el tiempo que nos apartemos», en este caso, hasta la próxima semana. Sí, se los dije, los encomiendo a Dios, Él cuidará de ustedes, lo sé, lo pido, ruego por ello. Se despidieron, igualmente, de manera cálida, fraterna.
Tercer acto
Luego, mientras ordenaba mis materiales en la mochila, ingresaron a la sala nuevos estudiantes, los de la clase siguiente. Levanté mi cabeza, los miré, los saludé, les pregunté de qué carrera eran. Respondieron de Nutrición, de manera breve. ¡Ah!, con ustedes también quería hablar. ¿Por qué les digo esto?, me dije. ¿Qué saben de la «desnutrición afectiva»?, les pregunté, de sopetón. Se miraron, me miraron. Les ilustré de la gran figura que fue el doctor Monckeberg, en los años setenta, ochenta en Chile. Al parecer no lo conocían. Y rápidamente, antes de que me sorprendiera el profesor de su clase, les dije que ahora el déficit nutricional es, son los afectos, los sentimientos, las emociones, la falta de vitamina H. Y les dije, desde mi perspectiva, cuál era. Todo en menos de cinco minutos. El tiempo apremiaba. La falta de humanidad, de humanismo. Los sorprendí, creo. Antes de retirarme, como llevaba dos minichocolates en mi bolsillo, me acerqué a la mitad de la sala, los obsequié. Me retiré. Y les dije que les deseaba una clase feliz, un mejor fin de semana. Los quiero, les dije. Y salí de la sala.
Epílogo.
¡Misión cumplida!, por ahora, creo.
P.S.: ¡Continuará! Mientras, ¡amen!