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Transformación operacional: el paso que la mayoría de empresas se saltan antes de digitalizarse. Por Jorge Vernazza, fundador de tdlatam

Cada vez que explico a qué me dedico, pasa lo mismo. Digo «transformación operacional» y tengo que detenerme a explicar, porque el término no es conocido. Recién cuando lo resumo como «un primo de la transformación digital», la persona asiente.

No importa el tamaño de la empresa ni el cargo de quien pregunta, ni el nombre que le pongamos. En Chile, el concepto simplemente no está muy instalado.

En simple: es cómo una empresa decide, coordina y ejecuta el día a día. No la tecnología que usa ni el organigrama que dibuja, sino lo que ocurre cuando alguien tiene que tomar una decisión o resolver un problema.

Y no es lo mismo que mejorarla. Una empresa que demora demasiado en aprobar una compra puede agregar un formulario digital que acorta el trámite. Eso es mejora: el proceso queda más rápido. Pero si el problema de fondo es que nadie tiene claro quién debe aprobar qué, el formulario solo acelera una decisión mal tomada. Ahí lo que hace falta es rediseñar quién decide y por qué, no digitalizar el mismo cuello de botella. Esa es la diferencia: la palabra «transformación» no es un adorno, implica ese nivel de cambio, no un ajuste cosmético.

Cuando una empresa decide transformarse, casi siempre piensa primero en tecnología. Compra un CRM, un ERP, una plataforma con inteligencia artificial, y espera que la herramienta ordene lo que todavía no está ordenado. En la mayoría de los casos no ocurre así: la adopción cae, el equipo vuelve a las planillas de Excel, y la inversión se pierde.

El motivo casi nunca es la herramienta. Es que la operación de fondo, cómo se decide, cómo se coordina, cómo se ejecuta el día a día, nunca estuvo lista para sostener el cambio.

Esa misma idea explica por qué la transformación operacional no es una moda de management ni un concepto nuevo: es la base que sostiene a cualquier otro tipo de transformación, sea digital, organizacional o cultural. Sin ella, la tecnología no se adopta, la nueva estructura no se respeta y la cultura no cambia, sin importar cuánto se invierta en comunicarla.

Esto no es un problema exclusivo de las grandes corporaciones. En las pymes el costo del desorden operacional es proporcionalmente mayor, porque hay menos margen para absorberlo. Una empresa que pasó de un cliente a siete sin documentar procesos no tiene un problema de talento. Tiene un problema de diseño: nadie definió cómo se hacen las cosas cuando el volumen crece.

Lo he visto de cerca trabajando dentro de organizaciones donde el crecimiento llegó antes que el orden. El síntoma siempre se ve en la superficie: el equipo que no ejecuta, la herramienta que nadie usa, la persona clave de la que todo depende. La causa está un nivel más abajo, y ahí es donde pocos miran.

Por eso, antes de digitalizar, automatizar o reestructurar, conviene hacerse una pregunta que se salta con frecuencia: ¿está la operación de esta empresa lista para sostener el cambio que se quiere hacer?

Esta pregunta importó siempre, pero hoy pesa distinto, por dos motivos que se cruzan.

El primero es la inteligencia artificial. Está empujando a cualquier empresa, grande o chica, a adoptar herramientas nuevas a una velocidad que no vivimos ni con el CRM ni con el ERP. Y la IA no arregla procesos rotos: los acelera, incluido el manejo de datos de clientes que nadie decidió compartir así.

El segundo motivo tiene fecha, y es el mismo desorden del ejemplo de la aprobación de compras, visto desde otro ángulo: si nadie tiene claro quién decide qué, tampoco queda claro quién accede a qué dato de cliente ni cuándo. El 1 de diciembre de 2026 entra en plena vigencia la Ley 21.719 de protección de datos personales, que aplica a cualquier empresa que trate datos en Chile, sin importar su tamaño. La ley no se conforma con políticas escritas: exige evidencia operativa, quién accedió a qué dato, cuándo y bajo qué control. Una empresa que no sabe cómo fluye la información dentro de su propia operación no tiene cómo demostrar eso, por buena que sea su intención.

Si esta reflexión te hizo sentido, probablemente ya la viviste en tu propia empresa.

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