Cada invierno volvemos a contar caminos destruidos, puentes dañados y barrios inundados. La pregunta ya no es cuánto costará reconstruir, sino por qué seguimos levantando infraestructura incapaz de resistir fenómenos que dejaron de ser excepcionales.
El cambio climático exige abandonar la lógica reactiva. Reconstruir no puede significar volver a levantar lo mismo en el mismo lugar, sino diseñar ciudades capaces de convivir con las dinámicas del territorio. Respetar cauces, recuperar infraestructura hídrica, fortalecer la conectividad crítica y planificar considerando los riesgos debe transformarse en una política de Estado, no limitarse a respuestas de emergencia.
Esta reconstrucción es una oportunidad para corregir decisiones que durante años aumentaron la vulnerabilidad de muchas comunidades. Diseñar considerando la naturaleza y una planificación urbana que proteja a las personas permitirá reducir pérdidas futuras y aprovechar mejor los recursos hídricos. El verdadero desafío no es reconstruir lo que se perdió, sino construir un país preparado para los eventos que, con alta probabilidad, seguirán ocurriendo.