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Seguridad hídrica: mucho más que embalses o desaladoras. Por Juan Pablo Negroni, Líder de Aguas de WSP.

El reciente río atmosférico que afectó a gran parte del país dejó cifras inéditas. Según la Dirección Meteorológica de Chile, comunas como La Serena acumularon cerca de 176,4 mm de lluvia: diez veces lo normal para julio y más del doble de lo que habitualmente precipita en un año. En Atacama, las precipitaciones superaron con creces los registros anuales habituales. Lo que durante años pareció excepcional comienza a instalarse como una señal de advertencia.

La paradoja es evidente: una noticia positiva en medio de años de sequía también dejó miles de personas afectadas, infraestructura dañada y costos estimados entre US$ 400 millones y US$ 500 millones. Chile enfrenta así una realidad incómoda: el problema ya no es solo la falta de agua, sino la incapacidad de gestionar sus extremos.

Por eso, la seguridad hídrica vuelve a instalarse como una discusión urgente. Hace pocas semanas la preocupación estaba puesta en la escasez; hoy, en las inundaciones, la recuperación de infraestructura y la continuidad de servicios básicos. Son expresiones distintas de un mismo desafío: convivir con un recurso cada vez más incierto, tanto por su ausencia como por su exceso.

En ese contexto, reducir el debate a si Chile necesita más embalses o más desaladoras es insuficiente. Ambas pueden ser necesarias, pero ninguna constituye por sí sola una respuesta estructural. La pregunta de fondo no es qué obra construir primero, sino cómo diseñamos sistemas capaces de captar, almacenar, distribuir, reutilizar y gestionar el agua bajo condiciones climáticas cada vez más variables.

La seguridad hídrica exige una mirada integral. Supone fortalecer la infraestructura de almacenamiento, diversificar las fuentes de abastecimiento, avanzar en la recarga de acuíferos, impulsar el reúso de aguas, incorporar tecnologías digitales y mejorar la gestión de cuencas. Pero, sobre todo, requiere articular estas herramientas dentro de una planificación estratégica de largo plazo. No hablamos de soluciones excluyentes, sino de piezas complementarias de un mismo sistema.

Ese cambio supone revisar la forma en que planificamos la infraestructura. Durante décadas, muchas obras fueron diseñadas para responder a condiciones relativamente estables. Hoy necesitamos soluciones capaces de operar frente a escenarios múltiples: sequías prolongadas, lluvias intensas, crecidas repentinas y presiones crecientes sobre las fuentes disponibles. La resiliencia ya no puede ser un atributo deseable; debe ser un criterio central de diseño.

En este desafío, la ingeniería y la consultoría tienen un rol decisivo. Ya no basta con desarrollar proyectos aislados; se requiere anticipar riesgos, integrar información, modelar escenarios y proponer soluciones adaptativas. La infraestructura del futuro no se definirá únicamente por el tamaño de sus obras, sino por la inteligencia con que se planifique, opere e integre dentro de sistemas más amplios.

La experiencia internacional ofrece lecciones claras. Israel, Singapur y los Países Bajos han demostrado que la seguridad hídrica no depende de una única tecnología ni de una gran obra emblemática, sino de planificación, innovación, gobernanza y capacidad de combinar múltiples soluciones. Esa es una lección especialmente relevante para Chile, donde la urgencia climática exige pasar de la reacción a la anticipación.

Chile cuenta con conocimiento técnico, experiencia y capacidades para avanzar en esa dirección. Lo que falta es consolidar una visión compartida de largo plazo, capaz de superar la lógica de iniciativas fragmentadas. Porque la seguridad hídrica no se alcanza con una obra única ni con una respuesta coyuntural. Se construye mediante sistemas resilientes, infraestructura inteligente y decisiones estratégicas que permitan asegurar agua para las personas, las ciudades y el desarrollo productivo en un escenario climático cada vez más incierto.

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