Tenemos un problema. Uno que bajo su apariencia inocua merece más atención que aquella que concedemos a modas que nacen en un recreo, que explotan en TikTok, se viralizan y terminan siendo explicadas por adultos que no las entienden.
Una crisis de contenido comienza a evidenciarse en la población juvenil y podría ser más compleja de lo que aparenta. No porque un torneo de adolescentes que se contorsionan frente a una multitud vaya a derrumbar la convivencia, sino porque revela una distancia sideral entre quienes producen nuevos recursos simbólicos y quienes intentan interpretarlos desde afuera.
La incomunicación comienza allí; cuando tergiversamos los códigos con que jóvenes y adultos intentan relacionarse. Lo que para unos es ironía, pertenencia o juego, para otros parece ruido, vacío o decadencia.
Todo podría ser síntoma de males mayores; de descuidos parentales, de rebeldías inyectadas por la redes sociales, de una permisividad que aturde la disciplina y las costumbres, pero también de algo antiguo: la necesidad humana de distinguirse y pertenecer. La diferencia es que ahora cada ocurrencia puede ser registrada y monetizada frente a una cámara.
El peligro de celebrar lo incomprensible no está en que nadie entienda una palabra. El lenguaje siempre ha funcionado así. La amenaza está en separar el fondo de la forma hasta que ya nadie pregunte de qué trata todo este asunto.
Pero incluso allí conviene matizar. La investigadora israelí Limor Shifman explica que los memes no son mensajes estáticos, sino contenidos que los usuarios imitan, transforman y hacen circular. “Farmear aura” pertenece a esa lógica: no es una doctrina escrita en piedra, sino un código colectivo cuyo significado se negocia mientras circula entre los jóvenes.
En el ínterin, intentamos traducir un lenguaje que cambia mientras lo analizamos. Un tipo de esoterismo comunicacional siempre peligroso, pero que por ahora, no necesariamente es una conspiración contra el pensamiento.
Si a esto sumamos una forma algo pueril y deliberadamente absurda en su puesta en escena, el problema podría ser que la próxima ola será todavía más incomprensible. La cuestión es reconocer cuándo estamos frente a una emanación creativa y cuándo ante una maquinaria algorítmica que recompensa ciertas formas de desatención o indiferencia.
Esto podría ser una moda extraña. Pero la suma de las modas termina inclinando la balanza y enseñándonos qué merece atención. “Farmear aura” parece no decir nada, pero dice bastante sobre nuestra ansiedad por ser vistos, pertenecer y convertir cualquier gesto en prestigio.
Ojo entonces, con lo que acaba de erguirse desde los recreos, las plazas y los arrabales de la conciencia juvenil del mundo. No porque vaya a exigir armas mañana, sino porque está haciendo algo más sutil: enseñándonos que, en una sociedad mediada por la economía de la atención, en ocasiones parece importar mucho más lucir singular que esforzarse en serlo.