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El verdadero costo de un fraude no lo paga el banco, lo paga la empresa. Por Nicole Revillot, VP of Revenue de TUU por Haulmer

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Cuando hablamos de fraude en los medios de pago, la conversación suele concentrarse en cuánto dinero se perdió. Pero para un comercio, ese es solo uno de los costos. El verdadero impacto puede aparecer después, en horas de trabajo, interrupciones y, sobre todo, pérdida de confianza.

La dimensión del problema no es menor. Según la última Encuesta de Victimización del Comercio de la Cámara Nacional de Comercio (CNC), un 61,2% de los locales comerciales fue víctima de algún delito durante el segundo semestre de 2025. La seguridad dejó de ser un tema secundario para convertirse en parte de la operación diaria de cualquier negocio.

Además, el fraude también ha cambiado. Ya no se trata únicamente de clonación de tarjetas o vulneraciones de sistemas. La ingeniería social, la suplantación de identidad y otras formas de engaño buscan que sea el propio usuario quien termina autorizando una operación.

Por eso, prevenir el fraude no puede ser solo una tarea financiera. Una operación fraudulenta también puede significar horas revisando movimientos, atendiendo reclamos, corrigiendo procesos y tratando de recuperar la confianza de un cliente. Para un pequeño comercio, ese tiempo puede ser tan valioso como el dinero perdido.

La tecnología tiene un rol clave en esta tarea. Hoy existen herramientas capaces de identificar comportamientos inusuales y levantar alertas antes de que una operación termine convirtiéndose en un problema. La inteligencia artificial, en particular, abre nuevas posibilidades para fortalecer esas capas de seguridad.

El desafío es que esa protección funcione sin agregar complejidad al comercio. Porque una buena experiencia de pago no consiste solo en que la transacción sea rápida: también debe ser segura.

Al final, el costo de un fraude no siempre aparece en la cartola bancaria. Muchas veces se paga en tiempo, clientes y confianza.

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