Cada Día Mundial de la Atención Primaria de Salud (APS), es una oportunidad para reconocer a los equipos que trabajan más cerca de las personas y comunidades. Pero también para reflexionar sobre una paradoja: seguimos valorando mucho más la medicina que cura que aquella que evita que enfermemos.
Cuando una persona siente un fuerte dolor en el pecho, sufre un accidente o necesita una cirugía, piensa inmediatamente en un hospital. Es natural. Durante años hemos asociado la salud con grandes edificios, pabellones, tecnología y especialistas. Sin embargo, buena parte de nuestra salud se construye mucho antes de llegar allí.
Comienza cuando una mujer embarazada acude a sus controles; cuando un bebé recibe sus primeras vacunas; cuando una madre lleva a su hijo a control; cuando una persona mayor recibe orientación para prevenir una caída o una familia encuentra apoyo frente a un problema de salud. Detrás de estas acciones está la Atención Primaria, aunque muchas veces su aporte resulte invisible.
Esa invisibilidad tiene una explicación. Cuando la prevención funciona, aquello que evita simplemente no ocurre. No vemos la enfermedad que no apareció, la complicación que se detectó a tiempo ni la hospitalización que pudo evitarse. Quizás por eso resulta más sencillo reconocer el valor de una intervención compleja que dimensionar el impacto cotidiano de miles de acciones preventivas.
Hoy esta discusión cobra todavía mayor relevancia. Vivimos más años y enfrentamos un aumento de enfermedades crónicas, problemas de salud mental, dependencia y necesidades asociadas al envejecimiento. A ello se suman el cambio climático, las inequidades sociales y una población cada vez más diversa. Ninguno de estos desafíos se resolverá aumentando infinitamente las camas hospitalarias o incorporando más tecnología.
Por supuesto que necesitamos mejores hospitales. Pero también debemos fortalecer el primer nivel de atención y acercar todavía más la salud a los barrios, familias y comunidades. La APS permite acompañar a las personas durante toda su vida y comprender que nuestro bienestar también está condicionado por el lugar donde vivimos, nuestras relaciones, el entorno y las condiciones sociales y económicas.
Quizás el mayor desafío sea cultural. Necesitamos dejar de pensar que la mejor atención es aquella que recibimos cuando estamos gravemente enfermos. El éxito de un sistema también se mide cuando las personas permanecen sanas, cuando una enfermedad se detecta oportunamente y cuando las comunidades cuentan con herramientas para cuidar su salud.
Existe además una dificultad particular para reconocer ese éxito: la Atención Primaria trabaja muchas veces sobre aquello que finalmente no sucede. Una hipertensión controlada que no termina en una complicación, una caída que pudo prevenirse o una enfermedad detectada antes de agravarse difícilmente ocuparán titulares. Sin embargo, detrás de esos resultados existe un trabajo cotidiano que evita sufrimiento y reduce la presión sobre el sistema sanitario.
Tal vez ahí esté el cambio de mirada que necesitamos. Hemos aprendido a admirar la medicina cuando logra salvar una vida en una situación crítica, pero nos cuesta reconocer con la misma intensidad el trabajo que permitió que otra persona nunca llegara a esa situación. Ambas dimensiones son necesarias y no compiten entre sí.