En una vida marcada por las actividades indoor, pasar tiempo en áreas verdes puede ser mucho más que una simple recreación. La evidencia científica sugiere que la exposición a ambientes naturales se relaciona con respuestas favorables sobre el estrés, estado de ánimo y algunos indicadores fisiológicos; sin embargo, actualmente existe una baja prioridad de establecer contacto con la naturaleza, lo que gatilla una problemática que se está comenzando a discutir: el déficit de vitamina N.
En este sentido, la idea es recuperar su presencia como parte de un estilo de vida saludable: caminar, sentarse en contacto con árboles, observar el entorno y respirar consciente unos minutos al día, podría bastar para regular el sistema nervioso y potenciar mejores decisiones alimentarias.
Diversos estudios han despertado interés en torno al potencial terapéutico de la naturaleza. En particular, se ha destacado que los árboles y otras plantas liberan compuestos orgánicos volátiles, entre ellos terpenos y monoterpenos que, tras una exposición de aproximadamente dos horas en espacios naturales, como los bosques, pueden ser absorbidos por el organismo y gatillar ciertos efectos biológicos protectores. De todas formas, aún se requiere una mayor profundización de la evidencia científica para confirmar estos efectos.
En complemento, la naturaleza también puede influir sobre nuestro sistema nervioso autónomo. Algunas investigaciones que han utilizado como metodología la implementación de «baños de bosque», han observado una menor actividad simpática, relacionada con la respuesta de alerta, y una mayor activación parasimpática, asociada al descanso y la recuperación, lo que se mide a través de la frecuencia cardíaca de las personas. Asimismo, una revisión sistemática y metaanálisis encontró una reducción del cortisol, uno de los principales biomarcadores fisiológicos del estrés.
Más recientemente, también se ha relevado la relación entre estos procesos y la alimentación, considerando que el estrés, el sueño, las emociones y la regulación autonómica, participan en los mecanismos que determinan cuándo, cuánto y por qué comemos. Por este motivo, es razonable pensar que un entorno que favorece la regulación del estrés podría contribuir indirectamente a establecer una relación más consciente con la comida. No obstante, este vínculo constituye todavía un campo emergente de investigación.
Es relevante señalar que, para obtener los beneficios asociados a la naturaleza, no es necesario vivir junto a un bosque. La evidencia indica que los parques y espacios verdes urbanos también pueden aportar beneficios. En este sentido, más que convertir el contacto con la naturaleza en una nueva obligación, la invitación es a recuperar su presencia como parte de un estilo de vida saludable: caminar, sentarse junto a los árboles, observar el entorno y respirar conscientemente durante unos minutos al día, permiten contribuir a regular el sistema nervioso y mejorar nuestra calidad de vida.