En Chile, el suicidio se cobra más vidas que los homicidios. En 2024 se registraron 1.984 muertes por suicidio, una tasa de 10,5 por cada 100.000 habitantes, frente a 1.207 homicidios consumados, con una tasa de 6,0 por 100.000: una tasa de suicidio 75% más alta. Sin embargo, la atención mediática y presupuestaria que reciben ambos fenómenos es marcadamente desigual: la violencia interpersonal domina titulares y agendas de seguridad pública, mientras el suicidio —igual de letal, pero dirigido hacia uno mismo— permanece envuelto en silencio.
Y ese silencio se sostiene, en parte, por un mito persistente: la idea de que hablar de suicidio puede inducir conductas suicidas. La evidencia dice lo contrario. Hablar de suicidio no aumenta el riesgo: abre espacios de conversación, visibiliza el sufrimiento psicológico y favorece la búsqueda de ayuda. Preguntar cómo estamos y expresar nuestras dificultades es una herramienta preventiva, no un gatillo.
El suicidio es una de las principales causas de muerte prematura y, a la vez, una de las más prevenibles. Su prevención suele entenderse como tarea exclusiva de la salud mental, pero es una responsabilidad colectiva: como familiares, amigos, compañeros de trabajo o vecinos, todos podemos identificar señales de riesgo. Para la OMS, la identificación temprana es una de las intervenciones más efectivas, pero requiere primero que existan condiciones para hablar del malestar sin temor al juicio.
Por eso no hay que minimizar las señales de alerta. Frases como «ya no puedo más» deben tomarse en serio: preguntar qué ocurre y ofrecer una escucha genuina puede marcar la diferencia. Validar el sufrimiento no implica estar de acuerdo con la idea del suicidio, sino reconocer que la persona atraviesa un dolor real. Además, la evidencia muestra que muchas personas comunican su sufrimiento antes de un intento; sostener el mito de que «quien quiere suicidarse no lo dice» reduce nuestra capacidad de responder a tiempo.
También es clave difundir los recursos disponibles: la línea gratuita *4141 y Salud Responde (600 360 7777) orientan sobre cómo acceder a apoyo profesional.
El suicidio es multicausal, factores biológicos, psicológicos, sociales y culturales se combinan en cada historia, pero también existen factores protectores: pertenencia, apoyo social y vínculos significativos. Muchos de estos son relacionales: promover comunidades más conectadas, en barrios, escuelas y trabajos, también es prevenir el suicidio. Necesitamos seguir investigando para ofrecer nuevas alternativas a quienes viven con enfermedades de salud mental crónicas o resistentes, evitando que el sufrimiento termine en suicidio. La prevención no depende solo de los sistemas de salud, sino de construir comunidades donde el sufrimiento tenga un lugar para ser nombrado y donde nadie enfrente solo sus momentos más difíciles.