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Construyendo sobre el conocimiento para la prevención de desastres sísmicos. Por Cristóbal Ramírez de Arellano, Director de Geología UNAB

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La alianza busca transformar relaves, silicato de hierro y escombros mineros en insumos para infraestructura pública, generando las condiciones técnicas y regulatorias para escalar la economía circular y reducir la huella ambiental del desarrollo de obras en Chile.

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Chile posee una de las normas de construcción antisísmica de mejor estándar a nivel mundial. ¿Qué nos faltaba? Después del terremoto de 2010 —uno de los siete de mayor magnitud registrados históricamente a nivel mundial— se realizaron una serie de observaciones a la norma, las que quedaron recogidas en el Decreto Supremo N° 61 (2011). Esas observaciones, junto con otras —como la obligatoriedad de realizar estudios más detallados para proyectos inmobiliarios de mediana y alta escala ubicados cerca de una falla “activa”—, quedan ahora plasmadas en la nueva norma NCh433:2026, publicada el pasado 10 de agosto en el Diario Oficial.

Una falla geológica es una discontinuidad que separa dos bloques de roca o incluso dos porciones de un continente —cuando la observamos a gran escala— que han experimentado, en algún momento del pasado geológico, un movimiento relativo. Por ejemplo, la zona de subducción ubicada al oeste de la placa Sudamericana, en su límite con la placa de Nazca, responde a esta definición. También pertenece a esta categoría la falla Magallanes-Fagnano, ubicada en el extremo sur del país, que conecta parte del estrecho de Magallanes con el lago Fagnano, en Tierra del Fuego. En esta zona limitan las placas Sudamericana y Scotia. Otro ejemplo se encuentra en el norte de Sudamérica, donde se generó el terremoto de Venezuela tras el movimiento del bloque tectónico de los Andes del Norte, que se desplazó con respecto al resto del continente.

En Chile existen muchas otras fallas de dimensiones variables. Algunas recorren varios cientos de kilómetros, como la falla de Liquiñe-Ofqui, que se extiende desde la península de Taitao, al sur de Chiloé, hasta el centro-sur de Chile, pasando bajo la mayoría de los volcanes de la Zona Volcánica Sur. Otras fallas están mapeadas a lo largo de algunas decenas de kilómetros, como la falla San Ramón, al este de Santiago, o la falla Cariño Botado, en el sector cordillerano de la Región de Valparaíso. Del mismo modo, existen cientos de fallas identificadas en los mapas geológicos del Sernageomin.

Estas fallas han sido identificadas mediante estudios geológicos que comienzan con el mapeo de superficie y continúan con investigaciones más específicas, que incluyen calicatas, sondajes y análisis geofísicos; es decir, la medición de señales físicas que se propagan a través de las rocas, como la corriente eléctrica y distintos tipos de ondas. En particular, los estudios sísmicos han permitido demostrar que algunas de estas fallas, como la falla Cariño Botado, mantienen actividad sísmica en el presente. Dicha actividad no siempre es perceptible para los seres humanos, pero podría llegar a serlo. Para caracterizar la actividad de una falla se ha establecido como criterio el tiempo de recurrencia. Es decir, si existe registro de movimiento durante los últimos 10.000 años, la falla se considera activa; mientras que, si hay evidencia geológica de movimiento dentro de los últimos 2 millones de años —un período breve a escala geológica, considerando los 4.600 millones de años de existencia de la Tierra—, se considera potencialmente activa. De lo contrario, puede calificarse como inactiva.

La nueva norma constituye un gran hito para nuestra sociedad, pues es fruto del diálogo entre geocientistas, ingenieros y responsables de la toma de decisiones, en favor del bienestar de las personas. No bastaba con contar con una norma ni con casas y edificios ultrarresistentes, porque, efectivamente, existen lugares del territorio con distintos niveles de riesgo sísmico. Del mismo modo, hay zonas con diferentes niveles de riesgo de inundación, exposición a peligros volcánicos o probabilidad de sufrir remociones en masa. Es fundamental estudiar y considerar dichos riesgos para prevenir catástrofes y proteger a las personas. Con la aprobación de esta norma queda de manifiesto el trabajo coordinado de diversos grupos de investigación, que, además, se articula con los aspectos técnicos provenientes de la ingeniería. El desarrollo sostenible requiere un trabajo multidisciplinario, continuar mejorando la prevención de catástrofes y tomar decisiones basadas en el conocimiento.

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