Tristemente, es nuevamente hora. Este fin de semana, ya casi de madrugada, fallecen 16 adultos mayores en Villa Comuy, comuna de Pitrufquen, región de La Araucanía, en una casa de residencia de adultos mayores.
No es noticia hoy, ya lo es de un buen tiempo a esta parte. Los adultos mayores son, somos más, ya me cuento entre ellos a mis juveniles 75 años. Y no observo solo yo que, cada día, cada año, que en las últimas décadas, sumamos más. Que la pirámide poblacional se ha invertido, ha dado un vuelco que se avizora irreversible. Así lo señalan los datos censales, y ¡ojo!, que a simple observación, ni siquiera a nivel de banco de plaza, a simplísimo escrutinio ya lo notamos, todos. Somos más los adultos mayores y menos, menos los nacimientos y con ello, se hipotetiza que al 2050 seremos casi un tercio de la población, y prácticamente doblaríamos la población joven. ¿Lo imaginan? ¡Imaginan ese escenario!
Es hora de tomar decisiones, de adoptarlas, y mejor, ¡implementarlas! Ya casi se hace tarde.
Tomar decisiones, diseñar políticas públicas más robustas que las ya creadas, y muy débilmente aplicadas.
Propondré aquí, desde el más puro sentido común, alguna idea, que posiblemente equivoque la enunciación, el diseño, pero es mejor decir que no decir. Y lo hago, sin quedarme estacionado en la problemática, sino más bien apuntando a la solucionática. Les prometo que es pura buena intención, no es algo mañoso ni torcido.
¿Cuál es la idea? Reunir a un equipo de arquitectos para que diseñen un proyecto tipo de casa de residencia de adultos mayores, en promedio, para unos 16 residentes. Ello para hacerlo posible, manejable. (Esta mañana de lunes cuando compartía estas ideas en un aparte con estudiantes de ciencias sociales en contexto, repararon en el número, buen punto ahí, estaban prestando atención a la idea). Pero insistiré tanto por razón técnica como me lo han sugerido, como para transformar el número 16 de la tragedia en un número 16 de la dignidad. Sí, que el 16 deje de ser la cifra de una tragedia en el sur y pase a ser la unidad mínima de dignidad pública para el Chile del 2050.
Características imaginadas de estas casas de residencia, sin orden ni importancia, todas son importantes en realidad: construcción de un piso, en general de ambientes espaciosos, puertas anchas, pasillos ídem, piezas luminosas para uno o dos residentes, con espacio para eventual movilidad en 360 grados de una silla de ruedas, piso radiante, muros incombustibles, cielo ídem, salas de estar de variado espacio, para grupos pequeños y para todos los residentes, red de rociadores automáticos contra incendios, baños adaptados, lavandería, y alguna otra dependencia de uso práctico.
Esta no es una idea ad cassum, es parte de un plan mayor, al año 2050. ¡Sí!, ¿por qué no? Ya no más casas de madera viejas adaptadas, eso no es política pública, es más bien negación de una realidad enfrente de nuestras narices.
Ponernos como meta el año 2050 no se enfrenta con promesas de cuatro años, se necesita un plan nacional de infraestructura gerontológica que aborde la seguridad de nuestros adultos mayores con misma disciplina técnica y financiera con que se construyen autopistas y hospitales.
Propongo que se comience pronto, y que sea esta la Región de La Araucanía, la región piloto, que la gobernación regional, que la delegación presidencial, que las seremías correspondientes, que la asociación de municipalidades de la región (porque el sueño es que en todas las comunas más temprano que tarde haya este tipo de residencias), que las fuerzas vivas de la región sean señeras a nivel país en este alto propósito.
¿Se puede? ¡Sí, se puede!