Más de la mitad de las personas entre 25 y 29 años vive con sus padres. Para Sandra Jerez, experta en inversión inmobiliaria, el desafío no se reduce al precio de las viviendas: también involucra ingresos, ahorro, financiamiento y oferta.
El acceso a la casa propia se ha convertido en una de las principales dificultades para las nuevas generaciones en Chile. El 53% de los jóvenes entre 25 y 29 años todavía vive con sus padres, según la 11ª Encuesta Nacional de Juventudes. Esta realidad refleja las dificultades para alcanzar la autonomía residencial y tiene entre sus factores la creciente complejidad para acceder a una vivienda.
Para Sandra Jerez, gerente general de Capital Inteligente, se trata de una generación que enfrenta una combinación de factores que ha dificultado especialmente el acceso a su primera vivienda: el aumento del precio de las propiedades por sobre los ingresos, mayores exigencias para obtener financiamiento, tasas hipotecarias que recién comienzan a dar alivio y un mercado laboral en el que los jóvenes enfrentan dificultades para alcanzar estabilidad y capacidad de ahorro.
«Tenemos una combinación compleja: viviendas que han aumentado su precio más rápido que los ingresos, mayores exigencias para acceder al financiamiento, tasas hipotecarias que recién están comenzando a dar algo de alivio y, además, un mercado laboral donde para los jóvenes conseguir estabilidad y capacidad de ahorro no es fácil», señala Jerez.
La barrera no es solo comprar
El problema tampoco comienza necesariamente con la compra de una propiedad. Para muchos jóvenes, incluso arrendar una vivienda e independizarse se ha vuelto difícil, postergando decisiones asociadas a la vida adulta.
En este escenario, Jerez plantea que sería insuficiente analizar el acceso a la vivienda únicamente desde el precio de las propiedades.
«Hoy un joven necesita resolver varias cosas al mismo tiempo: tener un ingreso estable, capacidad de ahorro para el pie, cumplir con las condiciones para obtener un crédito y, además, poder asumir un dividendo por muchos años».
A esto se suma la evolución de la relación entre precio de la vivienda e ingresos. Chile se encuentra entre los países de la OCDE donde más ha aumentado esta relación desde 2010, mientras que, en el ámbito laboral, contar con estudios no necesariamente se traduce en un empleo estable o en una renta suficiente para acceder a financiamiento hipotecario.
«Tenemos que dejar de mirar la vivienda únicamente desde la perspectiva del precio. El verdadero desafío es la asequibilidad, es decir, que la vivienda sea compatible con los ingresos reales de las personas», afirma Jerez.
El rol de las familias y la desigualdad
La dificultad de acceso también tiene una dimensión social. La transición hacia la vida adulta se ha vuelto menos lineal: estudiar, comenzar a trabajar, independizarse, comprar una vivienda y formar una familia ya no necesariamente ocurre en ese orden ni dentro de los mismos plazos.
En este contexto, la familia cumple un papel relevante como red de protección. Padres que complementan ingresos, ayudan a financiar el pie o permiten que sus hijos permanezcan en el hogar pueden facilitar la transición, aunque también pueden contribuir a prolongar la permanencia en la vivienda familiar.
El punto de partida, además, no es igual para todos. Contar con padres propietarios o con capacidad para entregar apoyo económico puede marcar una diferencia frente a jóvenes que deben enfrentar por sí solos el ahorro, el arriendo y el acceso al crédito.
El fenómeno también se observa en otros países de Latinoamérica, donde existe una alta presencia de hogares extendidos y jóvenes que permanecen más tiempo en el hogar familiar. Las diferencias están en cómo cada país combina subsidios, acceso al crédito, arriendo y generación de oferta.
Del acceso a la cobertura a la asequibilidad
Chile cuenta con una trayectoria de políticas habitacionales basadas en subsidios y promoción del acceso a la propiedad, que permitió avanzar en cobertura habitacional. Para Jerez, el desafío actual es diferente: lograr que las viviendas disponibles sean compatibles con los ingresos de las nuevas generaciones y que, además, estén bien localizadas.
«Ahí está la gran conversación que Chile tiene que tener: cómo hacemos para que un joven que estudió, trabaja y quiere independizarse pueda efectivamente proyectarse como propietario».
La discusión, plantea, trasciende al mercado inmobiliario. Si una generación posterga durante años su primera vivienda, el impacto alcanza también dimensiones sociales, demográficas y económicas.
«Tenemos que volver a hacer de la primera vivienda una posibilidad real para los jóvenes. Y eso requiere actuar en varias dimensiones al mismo tiempo: precio, financiamiento, empleo, ahorro, suelo y oferta. No existe una bala de plata», concluye.