Hay coincidencias que el calendario escribe sin pedir permiso. El 24 de septiembre de 2001 Reinaldo Sánchez fue elegido presidente de la ANFP. Exactamente veinticinco años después, en la misma fecha, Santiago Wanderers confirmó su fallecimiento. Entre ambos días cabe casi toda la transformación del fútbol chileno moderno, y pocas figuras la recorrieron completa como él: fue socio, presidente de club, máxima autoridad del fútbol nacional y, al final, dueño.
Si hay una decisión que explica por qué su nombre pesa más allá de Valparaíso, es la creación del Canal del Fútbol en 2003. Tras el término del contrato de televisión vigente, la ANFP que encabezaba, junto al empresario Jorge Claro, cambió el modelo de transmisión y comercialización del campeonato. Los clubes dejaron de vender un espectáculo a terceros para pasar a ser dueños de su propio producto audiovisual. Ese giro instaló una lógica nueva: el fútbol dejó de pensarse solo como pasión de barrio y empezó a operar como industria, con ingresos, contratos y activos que había que administrar. Buena parte de lo que vino después, incluida la llegada de las sociedades anónimas deportivas, se entiende a partir de esa decisión.
Su gestión en Quilín no estuvo exenta de claroscuros. La selección rindió por debajo de lo esperado en las eliminatorias rumbo a los Mundiales de 2002 y 2006, y como casi toda administración del fútbol chileno, la suya admite discusión. Pero en términos de gestión deportiva, pocas decisiones de las últimas décadas han tenido un efecto tan duradero en la economía de los clubes.
Antes de eso, su historia era la de un dirigente de club a la antigua. Se hizo socio de Wanderers en 1976 y lo presidió entre 1992 y 2001, cuando los equipos todavía eran corporaciones sostenidas por hinchas, empresarios locales y mucha voluntad personal. En ese período el club ganó la Primera B de 1995, fue subcampeón en 1999 y se coronó campeón de Primera División en 2001, con un plantel dirigido por Jorge Garcés que tenía a Jaime Riveros, Silvio Fernández y Moisés Villarroel. Era el modelo del dirigente caudillo, alguien que ponía tiempo, contactos y a veces patrimonio, y cuya figura terminaba confundiéndose con la del club.
Lo notable es que Sánchez vivió también el otro extremo de la transformación que él mismo ayudó a impulsar. Tras años fuera de la primera línea, regresó a Wanderers en 2021 como principal accionista. El socio de 1976 volvía como propietario. Esa trayectoria resume una tensión que el fútbol chileno aún no resuelve: los clubes nacieron como comunidades, pero hoy dependen de capital privado, y la calidad de su gestión queda en buena medida atada a las decisiones y a la permanencia de quien controla la propiedad.
En su última etapa, el club apostó con fuerza por la formación. Ese proyecto derivó en el título de la Copa Libertadores Sub 20, inédito para un club chileno, y en una final intercontinental ante Real Madrid en el Bernabéu. Su estado de salud le impidió viajar a España para ese partido. El resultado más visible de su última gestión se jugó sin él en la tribuna.
Ahí aparece la cuestión que excede a la persona. Una institución deportiva sana es aquella cuyo funcionamiento no depende de un individuo, sino de estructuras, procesos y equipos capaces de sostener un proyecto más allá de quienes lo fundaron. En el fútbol sudamericano, sin embargo, la historia se sigue contando a través de nombres propios: el presidente que trajo al técnico, el dueño que salvó al club, el dirigente que ganó la votación decisiva. Esa narrativa tiene valor afectivo, pero también expone una fragilidad. Cuando la continuidad descansa en una sola figura, su salida abre un vacío que no siempre se llena con planificación.
Por eso la pregunta que deja su partida no es solo cómo recordarlo, sino qué pasará con lo que construyó. Un proceso formativo capaz de llegar a una final intercontinental no se sostiene con un título. Requiere cuerpos técnicos estables, una metodología compartida, inversión sostenida en infraestructura y una dirección que entienda que el trabajo en divisiones menores madura en plazos largos, no en una temporada. Ese es el verdadero examen para Wanderers en los próximos meses.
Reinaldo Sánchez perteneció a una generación de dirigentes que construyó el fútbol chileno desde la convicción personal, con aciertos que perduran y decisiones que siempre admitirán debate. Su recorrido, que empezó en la tribuna y terminó en la propiedad, retrata con precisión el tránsito del club comunidad al club empresa, un tránsito que él mismo aceleró desde la ANFP. El homenaje más coherente con esa trayectoria no está en los minutos de silencio, sino en demostrar que lo construido puede sobrevivir a quien lo encabezó. En gestión deportiva, esa es la única medida seria de un legado: que la institución siga funcionando cuando el nombre propio ya no está.