El Día Internacional de la Salud Mental, con el lema de este año de la OMS “Escuchemos a las personas con experiencia vivida”, invita a una reflexión profunda. Como sociedad hemos superado la histórica invisibilización del sufrimiento psíquico, asumiéndolo como un desafío prioritario. Sin embargo, la brecha actual radica en cómo explicamos sus causas y cómo las abordamos.
Persiste la tendencia a concebir la salud mental como un problema puramente biológico o individual, pero la investigación demuestra lo contrario: el malestar está condicionado por diversos factores. Intervienen condicionantes estructurales -como la precariedad económica, las brechas de género, la contaminación o el acceso desigual a instituciones- y dimensiones subjetivas, como la percepción de desigualdad, el maltrato cotidiano y el estigma. No es azaroso que la depresión golpee más a sectores vulnerables, o que un diagnóstico psiquiátrico genere exclusión laboral y pérdida de redes, resultando ser muchas veces discapacitante. Por ello, esto no se resuelve únicamente prescribiendo fármacos o sumando atenciones de salud mental.
Aquí cobra todo su sentido el llamado de la OMS: las personas expertas por experiencia poseen un saber situado sobre cómo operan estos condicionantes en la cotidianidad. Su inclusión en el diseño y fiscalización de políticas públicas -mecanismo que nuestra legislación ya contempla- marca la transición hacia un nuevo paradigma de la salud mental. Este enfoque no apunta solo a mejorar los servicios clínicos, sino que nos obliga a analizar críticamente nuestras propias formas de existencia y de relacionarnos como sociedad.