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Loro Coirón y el valor de uso de la ciudad puerto. Por Dr. Arq. Marco Muñoz del Campo, Académico del Doctorado en Ciencias Sociales Universidad de Playa Ancha

El programa de reciclaje orgánico desarrollado en Concón, con financiamiento de Enap y la participación de establecimientos gastronómicos y hoteleros…

La muerte de Loro Coirón deja a Valparaíso con una ausencia difícil de llenar. No solo desaparece un artista que durante décadas dibujó y grabó sus cerros, sus calles y sus habitantes. También se despide una mirada: una forma de comprender la ciudad desde aquello que muchas veces permanece fuera de las postales, de los discursos oficiales y de las imágenes cuidadosamente compuestas para consumo turístico.

Loro Coirón nos acercó al valor de uso de Valparaíso como ciudad Patrimonio de la Humanidad. Nos recordó que el patrimonio no está únicamente en las fachadas, en las líneas arquitectónicas, en los ascensores, en las plazas o en la singularidad de su emplazamiento. Está, sobre todo, en la vida que ocurre en esos lugares y que les confiere sentido. Valparaíso no es patrimonio porque sus edificios sean antiguos, pintorescos o visualmente atractivos. Lo es porque, en ellos y entre ellos, generaciones de personas han construido sus experiencias, sus vínculos, sus trabajos, sus memorias y sus formas de habitar.

Su obra nos invitó a mirar a quienes hacen posible la ciudad. A las personas que suben y bajan diariamente por los cerros; a quienes abren temprano sus negocios; a quienes reparan, venden, transportan, cocinan, limpian, cantan, conversan y esperan. A los trabajadores del puerto, a los comerciantes, a los pescadores, a los vendedores ambulantes, a los artesanos, a los músicos, a los vecinos y a las familias que han aprendido a orientarse en una geografía difícil, pero profundamente propia. En sus grabados aparecen los oficios, las prácticas y las costumbres que transforman un conjunto de calles y construcciones en una ciudad vivida.

Esa mirada resulta especialmente necesaria en tiempos en que el patrimonio corre el riesgo de ser reducido a una escenografía. Con frecuencia, la preocupación por la conservación se concentra en la apariencia de los inmuebles, en la pureza de sus estilos o en la recuperación de una imagen supuestamente original. Se privilegia una visión inmóvil, casi de vitrina, que observa la arquitectura como un objeto separado de quienes la utilizan. Así, el patrimonio se vuelve una imagen para contemplar, pero deja de ser un espacio para vivir.

Podríamos llamar a esta tendencia una idolatría de la forma: una atención desmedida a lo visible, a lo antiguo y a lo estilísticamente reconocible, que termina ocultando la dimensión humana de los lugares. No se trata de negar la importancia de la arquitectura ni de desconocer el valor histórico de los edificios. Se trata de comprender que una ciudad no se agota en sus formas. Una fachada puede ser hermosa, pero su significado se empobrece cuando se la separa de la vida que la rodea; un edificio puede poseer un gran valor histórico, pero pierde parte de su sentido cuando ya no acoge actividades, relaciones y memorias.

El patrimonio cultural no es una posesión que una comunidad guarda celosamente para sí misma. Es una responsabilidad compartida. No lo recibimos para encerrarlo, congelarlo o administrarlo como si fuera un objeto perteneciente al pasado. Lo heredamos para mantenerlo vivo y entregarlo a quienes vendrán. Por eso, conservar no puede significar únicamente impedir el deterioro material. También significa cuidar las condiciones que permiten que las personas sigan habitando, trabajando, creando y reconociéndose en sus barrios.

Aquí aparece con fuerza la noción de valor de uso. Un patrimonio tiene valor de uso cuando continúa siendo significativo para la vida cotidiana; cuando sirve para reunirse, educarse, trabajar, celebrar, recordar y construir comunidad. Ese valor no siempre se expresa en términos económicos ni puede medirse solo por la antigüedad de una construcción. Se manifiesta en la relación entre las personas y los lugares, en las prácticas que allí se desarrollan y en la posibilidad de que nuevas generaciones encuentren en ellos un espacio para vivir dignamente.

Loro Coirón comprendió esa dimensión de Valparaíso y la hizo visible. Sus obras no presentan una ciudad vacía, preparada para ser admirada desde la distancia. Presentan una ciudad habitada, contradictoria, trabajadora, festiva, frágil y persistente. Una ciudad que no existe solamente en sus monumentos, sino en el modo en que sus habitantes la recorren, la nombran, la transforman y la recuerdan.

Su aporte fue también una forma de resistencia frente a la simplificación. Allí donde algunos solo ven deterioro, él encontró historias. Allí donde otros buscan una postal, él descubrió un rostro. Allí donde se impone una mirada exclusivamente arquitectónica, él restituyó la experiencia humana. Sus grabados nos enseñan que el patrimonio no está compuesto únicamente por bienes, sino también por relaciones; no solo por edificios, sino por modos de vida; no solo por formas heredadas, sino por prácticas que siguen dando sentido al presente.

Valparaíso necesita políticas patrimoniales capaces de asumir esa complejidad. La protección de sus inmuebles debe articularse con la protección de sus habitantes. No tiene sentido restaurar fachadas mientras se expulsan las comunidades que les daban vida; ni recuperar edificios sin considerar los oficios, las actividades y las redes sociales que históricamente los sostuvieron. Una política patrimonial verdaderamente democrática debe preguntarse no solo qué se conserva, sino para quién, para qué y en qué condiciones.

El legado de Loro Coirón nos convoca, entonces, a ampliar la mirada. A comprender que la belleza de Valparaíso no reside únicamente en su arquitectura ni en su paisaje, sino en la capacidad de sus habitantes para producir vida en medio de la pendiente, del viento, de la precariedad y de la esperanza. La ciudad patrimonial no es una pieza detenida en el tiempo. Es una comunidad que cambia, que recuerda, que crea y que disputa el derecho a seguir habitando su propia historia.

Gracias, Loro, por mostrarnos esa dimensión humana y viva del patrimonio cultural. Gracias por enseñarnos que mirar una ciudad es también mirar a quienes la hacen posible. Gracias por recordarnos que aquello que estamos llamados a cuidar no es una colección de objetos para conservar celosamente, como si fueran propiedad de nuestro egoísmo, sino un bien común que debemos mantener vivo para heredarlo.

Porque Valparaíso no será patrimonio mientras solo lo contemplemos. Lo será mientras sus habitantes puedan seguir viviéndolo, trabajando en él, recorriéndolo, celebrándolo y transmitiendo sus memorias. Ese es, quizá, el mayor aprendizaje que nos deja Loro Coirón: que una ciudad se conserva verdaderamente cuando su vida continúa.

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