Controlar la inflación sin asfixiar el crecimiento. Ese es el delicado equilibrio que enfrenta el Banco Central en un escenario marcado por el encarecimiento de los combustibles, la depreciación del peso y la incertidumbre internacional.
Mantener elevadas las tasas de interés puede ayudar a contener los precios, pero también encarece los créditos, limita el consumo y dificulta la inversión. Reducirlas antes de tiempo, en cambio, podría reactivar las presiones inflacionarias. Ninguna decisión está libre de costos.
Detrás de este dilema existen consecuencias concretas. Para las familias, una inflación persistente significa perder poder adquisitivo; para las empresas, mayores costos y menos posibilidades de invertir, crecer o generar empleo.
Por eso, el desafío no consiste simplemente en decidir cuándo bajar las tasas, sino en encontrar el momento adecuado para hacerlo sin comprometer la estabilidad económica.