La situación que hoy afecta al club Unión La Calera -la presunta adulteración de identidad del portero Alexis Martin Arias, tras una serie de controles PCR-, se suma a la larga lista de escándalos y trampas que han sacudido al fútbol chileno a lo largo de su historia. Manchones que sin duda dan pie a sus detractores, de calificarlo como un deporte corrupto, sucio, podrido, y prostituido tanto a los poderes económicos como políticos. En el caso de la institución calerana, que ya arrastra con el peso de haber visto nacer en su staff administrativo al más corrupto de los dirigentes del balompié criollo en su historia (Sergio Jadue), sus actuales dueños -empresarios argentinos encabezados por el no menos cuestionable Ricardo Pini-, pareciera no dimensionaron la hecatombe que pudiese caerles en cualquier momento, de comprobarse esta suplantación: desde la resta de puntos (si los rivales derrotados hacen la respectiva denuncia al tribunal disciplinario de la ANFP), pasando por la desafiliación de la liga chilena, sumado a millonarias multas en dinero, y de paso, un castigo de la Conmebol a nivel continental, por una grave violación a los protocolos sanitarios aplicados al fútbol en tiempos de pandemia. Un riesgo absurdo, innecesario e irracional a todas luces, tomando en cuenta que, el proyecto deportivo impulsado por sus dueños, ha sido más que exitoso, teniendo al club rojo entre los animadores del torneo local, con una más que aceptable participación en el ámbito internacional. Más allá de las aprehensiones que genera la forma cómo estos empresarios trasandinos se adueñaron de la institución, ilusionando a sus siempre sufridos fanáticos (que la acompañan desde los tiempos de Fidel Zuleta, “Pata Bendita” Castro, “Papudo” Vargas y otros tantos nombres y apodos inscritos a fuego en la historia del club), la incertidumbre sobre la severidad de la sanción a la que se expone Unión La Calera, puede derivar en una tragedia tan insoportable como la que afectó a Deportes Concepción, en su más que injusta desafiliación del profesionalismo (gentileza de Nibaldo Jaque, curiosamente, ex estrecho colaborador del mencionado Jadue), y con ello, un descalabro comercial y deportivo de proporciones. La suplantación de identidad es un delito, y como tal, la justicia ordinaria procederá de acuerdo a la legislación vigente, dejándole poco piso a la tibia ANFP en cuanto a prohibir o evitar la participación de las autoridades del poder civil.
De confirmarse un castigo para la entidad calerana, inscribirá su nombre en el libro negro de escándalos que ha perseguido al fútbol chileno, con episodios más que vergonzosos y repudiables, por citar algunos: El caso de los pasaportes adulterados de la selección chilena juvenil para el Sudamericano de 1979, con 21 jugadores de los 22 miembros del plantel excedidos en la edad límite permitida, todo con el visto bueno del entrenador Pedro García, y el entonces mandamás del fútbol chileno, el ex general de carabineros Eduardo Gordon Cañas (que a diferencia de García, no fue a la cárcel, sino que fue premiado con una embajada en Centroamérica); el tristemente recordado “Maracanazo” de septiembre de 1989, protagonizado por Roberto Rojas ante Brasil, que castigó de por vida no sólo al propio ex portero; también a toda una generación de futbolistas que no pudo ilusionarse con los mundiales de Italia y Estados Unidos. O a nivel más cercano: Cuando la FIFA amenazó con desafiliar a la Federación del Fútbol Chileno, cuando Everton vendió a un jovencísimo Ivo Basay a dos clubes al mismo tiempo (Stade de Reims de Francia, y al Atlas de México), lo que obligó al pago de una multa de más 46 mil francos suizos en 1988, por parte de Miguel Nasur, presidente en aquel entonces de la fenecida Asociación Central de Fútbol; o el caso de los sobornos de Wanderers a jugadores de Naval de Talcahuano en 1990, que terminó con dos jugadores caturros castigados por 30 fechas…
La trampa ensucia al fútbol. Lo mancilla, lo destruye, lo acaba haciendo inmoral y repudiable, desilusionante, y da fuerza a sus enemigos más empedernidos. Más allá de las livianas disculpas y excusas hasta ahora esgrimidas por los regentes caleranos, negando a los cuatro vientos lo de la suplantación, el mal está hecho. La pelota -a diferencia de los que patentó el fallecido Diego Armando Maradona-, si fue manchada, y con alevosía. Es doblemente condenable, trampear en medio de una pandemia que tanto dolor ha provocado a la humanidad. Emporcar al fútbol de esta manera, no tiene perdón ni justificación alguna; tampoco remedio o vacuna reparatorios.