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El precio de la decepción: Una reflexión sobre el poder, la dignidad y la voluntad de servir. Por Juan Carlos Hernández Caycho Educador – Periodista – Vocero de la AMA

En tiempos donde la esperanza se deposita cada cierto tiempo en una urna, el acto de votar debería significar mucho más que una rutina cívica: es un pacto moral con el porvenir. La ciudadanía no pide milagros. No exige dádivas, ni se arrastra por favores. Lo que se clama -con dignidad- es que existan condiciones reales para progresar: salud oportuna, trabajo digno, educación transformadora, seguridad que abrace y no castigue. Pero una y otra vez, las promesas se transforman en espejismos. Y la decepción, esa que no se grita pero sí se arrastra en el alma, vuelve a instalarse como huésped habitual de nuestro tiempo.

¿Quién nos devuelve la confianza perdida? ¿Cómo se repara el quiebre silencioso entre representados y representantes? Porque muchos de los que hoy lideran, parecieran haber olvidado que el poder es un servicio y no una autopista hacia el privilegio. Que gobernar no es adornarse con luces ni posar en afiches bien financiados, sino sembrar futuro desde el respeto y la integridad.

Las cifras no necesitan revisión exhaustiva. Basta abrir los ojos: dineros públicos invertidos en vanidades, imágenes infladas con presupuestos que no llegan al corazón de las necesidades ciudadanas. Se repite la historia: figuras públicas que en lugar de liderar con ejemplo, negocian con calculadora en mano, en un festín político donde el costo lo paga el pueblo. No con dinero solamente, sino con frustración, con hambre de justicia, con el hastío de ver siempre a los mismos repartiéndose lo que nos pertenece a todos.

Y mientras tanto, ¿quién vela por el bien común? ¿Quién detiene esta fiesta de poder sin sentido? No se trata de venganza ni de castigo electoral -porque sabemos que a muchos eso poco les importa-. Se trata de un llamado a la conciencia, a la ética, a esa moral profunda que debería habitar en todo aquel que ha sido investido por la voluntad popular. Porque todo lo que se hace, se paga. Y no es un simple refrán. Es una ley natural, incluso espiritual. El que se burla de la justicia, termina por huir de sí mismo. Lo he visto. Lo hemos visto. Amistades y conocidos que hoy caminan ocultos en la sombra, o que huyen fuera del país temiendo que la verdad les alcance.

La autoridad no es un premio, es una responsabilidad. Y quien ejerce poder sin conciencia, no solo traiciona a su pueblo, se traiciona a sí mismo. Porque tener familia -biológica o elegida- debería recordarnos todos los días que gobernar con rectitud es una forma de amar, de dejar huella, de ser justo.

¿Se puede cambiar? Claro que sí. No desde la ingenuidad, sino desde la convicción de que aún es posible hacer las cosas bien. No pedimos nombres. No pedimos confesiones. Pedimos coherencia. Pedimos respeto. Pedimos liderazgo verdadero: de ese que no necesita cámaras ni escenografías, sino hechos y voluntad.

Escribo esto no por odio ni revancha. Lo escribo porque creo. Porque todavía creo que se puede gobernar con amor. Que la política puede ser digna. Que se puede servir sin servirse. Porque aún quedan personas que creen en la justicia, en los principios, en el poder transformador de la palabra escrita como testimonio y llamado.

Este es uno de ellos.
Una palabra puesta como semilla.
Un gesto de esperanza en medio del ruido.
Una voz que no se rinde, porque sabe que un nuevo tiempo es posible si empezamos a creer de nuevo.

Y si es necesario volver a escribirlo, lo haré.
Porque los pueblos no se abandonan.
Y los sueños, cuando son justos, siempre encuentran el modo de florecer.

Que estas palabras encuentren eco.

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