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La urgencia de repensar la industria minera para dinamizar la economía. Por Ramón Rada Jaman, gerente de Operaciones de Soilfe; y presidente de la Comisión de Innovación del IIMCh

Este sábado 30 de mayo, el campo deportivo Refinería Concón será escenario de una nueva jornada abierta a la comunidad, que pondrá en valor la historia de la Hacienda Concón Bajo, fue hospital de campaña durante la Guerra Civil de 1891, y el patrimonio arqueológico del sector.

Según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), Chile registró en febrero de 2026 su menor producción mensual de cobre en casi nueve años: una caída de 8,5% respecto de enero y de 4,8% en comparación con igual mes del año anterior. Más que una cifra coyuntural, es una señal de alerta. El desafío no es menor y está en volver a crecer.

Sin nuevos proyectos ni una estrategia de exploración y sondaje en la gran minería que amplíe nuestra base productiva, las oportunidades para emprendedores y proveedores de la industria se estrechan. También se limita la incorporación de tecnologías que permitan agregar valor, mejorar la productividad y contribuir de manera efectiva a la lucha contra el cambio climático. La minería no solo extrae recursos: construye encadenamientos, habilita innovación y proyecta desarrollo.

Incentivos que lo viabilicen son necesarios.

La riqueza de Chile está, sin duda, en su gente. Pero el bienestar económico y la estabilidad se sostienen, cuando somos capaces de transformar nuestros recursos minerales en reservas; y las reservas en producción con destino final o de exportación, ya sea como concentrados o cobre refinado. Lo mismo aplica para otros minerales, metálicos y no metálicos, cuya demanda impulsa industrias diversas y dinamiza la economía en su conjunto.

Ese impulso emprendedor, orientado a mejorar prácticas productivas y conquistar nuevos mercados, se ha ido debilitando. En parte, por una burocracia que ralentiza decisiones clave; en parte, también, por una autocomplacencia que nos ha hecho perder urgencia y una permisología que aún nos mantiene anclados al lastre inmovilizador de la reactivación. Repensar la industria ya no es opcional: es imprescindible.

Chile tiene ventajas que pocos países poseen. Su vocación minera y su condición marítima no solo son compatibles, sino complementarias. El océano no es un límite, sino una plataforma: facilita la sostenibilidad de la actividad minera, conecta nuestras exportaciones con el mundo y amplía el horizonte de desarrollo. En esa relación, histórica y proyectiva, se juega buena parte de nuestro futuro.

Volver a crecer no es solo un objetivo económico. Es, en rigor, un deber moral con las generaciones que vienen.

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