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El turismo verde que no lo es. Por Francisco Barriga, secretario académico de Administración en Ecoturismo UNAB

Cada año, cuando llega el Día de la Tierra, los discursos se llenan de naturaleza, sostenibilidad y compromiso ambiental. El turismo suele aparecer en ese escenario como una actividad casi virtuosa: contacto con la naturaleza, ingresos para comunidades, valoración del patrimonio. Sin embargo, hay una pregunta incómoda que pocas veces se formula con honestidad: ¿es el turismo en Chile realmente una política ambiental, o simplemente un negocio con paisaje de fondo?

Chile cuenta con instrumentos orientadores para enfrentar el cambio climático a nivel sectorial que reconocen la urgencia. Pero reconocer no es transformar.

En la práctica, el turismo sigue evaluándose casi exclusivamente por la cantidad de visitantes, el gasto per cápita, la derrama económica y el aporte al PIB. La pregunta sobre cuánta presión soporta un destino turístico o un ecosistema antes de colapsar rara vez aparece en los titulares ni en los presupuestos sectoriales.

El resultado es contradictorio: destinos que se venden como «verdes» generan sobrecarga hídrica en zonas de estrés hídrico severo, acumulan residuos en territorios sin infraestructura, impulsan presión inmobiliaria que desplaza a comunidades locales y degradan los mismos ecosistemas que pretenden mostrar. Torres del Paine, el norte desértico, los salares de la puna: todos han experimentado, en distintas formas, esta tensión entre imagen de marca y realidad territorial.

Transformar el turismo en una verdadera política pública ambiental exige repensar sus fundamentos. Primero, incorporar la saturación de destinos y ecosistemas como criterio vinculante en la planificación turística, no como recomendación técnica sino como límite legal. Segundo, apostar por destinos adaptados al cambio climático: eficiencia hídrica, economía circular, infraestructura resiliente, refugios climáticos en rutas de montaña y diversificación de la oferta más allá de los circuitos masificados. Tercero, redistribuir los beneficios del turismo hacia las comunidades que habitan y custodian esos territorios, reconociéndolas como actores centrales de la gobernanza, no como telón de fondo de la experiencia turística.

Pero ninguna medida técnica será suficiente sin algo más profundo: una conciencia socio-ecológica que entienda que los ecosistemas no son recursos infinitos ni escenarios intercambiables. Mientras el turismo siga operando bajo la lógica del volumen —más llegadas, más ingresos, más crecimiento— seguirá reproduciendo, a pequeña escala, la misma lógica extractiva que alimenta la crisis climática.

Este Día de la Tierra, Chile y el sector turístico tiene la oportunidad de hacerse una pregunta real: ¿queremos un turismo que venda naturaleza o un turismo que la proteja? La respuesta no está solo en la política pública. Está en la forma en que como sociedad decidimos relacionarnos con el territorio que habitamos.

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