La académica de la Escuela de Terapia Ocupacional de la Universidad Andrés Bello, Andrea Mira, advierte sobre la sobrecarga emocional, física y social que enfrentan las madres de niños y niñas neurodivergentes, especialmente en contextos donde persisten barreras institucionales y falta de apoyo.
Maternar a un hijo o hija neurodivergente representa para muchas mujeres un ejercicio permanente de resiliencia, adaptación y contención emocional. Más allá del cuidado cotidiano, miles de madres deben transformarse en gestoras de terapias, redes de apoyo, procesos educativos y acompañamiento constante frente a un sistema que muchas veces no responde a las necesidades de sus hijos.
En Chile, la prevalencia del autismo en la niñez refleja una realidad que impacta directamente a miles de familias. Según datos del Ministerio de Educación del 2023, existen más de 55 mil estudiantes autistas dentro del sistema escolar nacional, cifra que evidencia la necesidad de fortalecer las políticas de inclusión y apoyo familiar.
Alto nivel de estrés
La académica de la Escuela de Terapia Ocupacional de la Universidad Andrés Bello, Andrea Mira, explicó que las madres de niños y niñas neurodivergentes presentan niveles de estrés parental significativamente más altos que la media, especialmente cuando existen conductas de difícil manejo o alteraciones del procesamiento sensorial.
«El estrés parental aumenta considerablemente en madres de niños autistas que presentan hipersensibilidad a los ruidos u otras dificultades sensoriales. Esto genera una sobrecarga constante que impacta directamente la salud mental y emocional de las cuidadoras», señaló la docente.
Diversos estudios nacionales e internacionales indican que las madres de personas autistas presentan mayores tasas de ansiedad crónica, sintomatología depresiva y trastornos del sueño en comparación con madres de niños con desarrollo típico o incluso con otras condiciones de salud.
Andrea Mira explicó que este fenómeno suele relacionarse con el denominado «síndrome del cuidador», el cual se intensifica debido a la hipervigilancia permanente y a la ausencia de espacios de descanso o respiro familiar. «El agotamiento no surge necesariamente de la condición del niño o niña, sino de la lucha constante contra barreras externas, como la búsqueda de vacantes escolares, la burocracia para acceder a apoyos terapéuticos y el juicio social que muchas madres enfrentan en espacios públicos», indicó.
La académica agregó que muchas mujeres deben enfrentar procesos de exclusión social y una falta de comprensión comunitaria que termina afectando profundamente su bienestar y calidad de vida.
Lo complejo del autocuidado
Frente a este escenario, la docente enfatiza en la importancia del autocuidado desde una perspectiva neuroafirmativa, entendiendo que la salud mental de las madres también debe ser protegida. «Las madres necesitan validación emocional, redes de apoyo mutuo, establecer límites respecto a sus niveles de energía y mantener espacios de identidad propia. El autocuidado no es un lujo, es una necesidad de salud mental», sostuvo.
«La verdadera conmemoración del Día de la Madre debe ir más allá de los homenajes simbólicos y traducirse en políticas concretas de inclusión y acompañamiento para las familias neurodivergentes. La educación inclusiva y el acceso oportuno a apoyos terapéuticos no pueden seguir siendo un privilegio. Deben transformarse en una garantía social que permita aliviar la carga emocional y económica que enfrentan las familias y asegurar una participación plena y digna de niños, niñas y adolescentes», concluyó.