Hay dolores que no se ven, pero que cambian por completo la vida de quienes los padecen. La fibromialgia es uno de ellos. Según datos de la Corporación de Fibromialgia de Chile, esta enfermedad afecta entre un 3% y un 4% de la población nacional, es decir, entre 600 mil y 800 mil personas. Con 12 años de experiencia clínica acompañando a pacientes con dolor persistente, considero necesario alzar la voz frente a una realidad que continúa siendo invisibilizada y, muchas veces, incomprendida.
La fibromialgia afecta predominantemente a mujeres y se caracteriza por dolor generalizado, fatiga extrema y múltiples síntomas que no siempre tienen una manifestación visible. Y es precisamente esa invisibilidad la que alimenta uno de sus principales agravantes: el estigma.
Quienes la padecen escuchan con frecuencia que “exageran”, que “todo es psicológico” o que “no se les nota nada”. Esta incredulidad no proviene únicamente del entorno cercano; también ocurre dentro del sistema de salud, donde el diagnóstico puede tardar años y la atención suele estar marcada por el cuestionamiento, la minimización de síntomas y la falta de empatía.
La evidencia científica actual demuestra que las personas con fibromialgia experimentan estigmatización, retrasos diagnósticos y pérdida de credibilidad durante su atención sanitaria. El estigma no es un problema menor: aumenta el sufrimiento, deteriora la salud mental y aleja a las personas del sistema de salud justo cuando más necesitan apoyo.
Escuchar, validar y tratar con dignidad también es parte del acto terapéutico. Visibilizar la fibromialgia no es solo una deuda sanitaria, sino también humana.