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Calama y las aulas rotas: lo que Freud vio hace un siglo. Por Blanca Palma, Académica Instituto de Educación y Lenguaje, Universidad de Las Américas

Hace unas semanas, una inspectora de 59 años perdió la vida en su colegio de Calama. Tenía, como tantos adultos que trabajan en escuelas chilenas, una vocación sostenida durante décadas: cuidar, orientar, estar. Que haya muerto allí, donde eligió servir, es una pérdida que obliga a detenernos y a escuchar con más cuidado lo que esa tragedia nos dice.

El hecho no ocurrió en el vacío. En las semanas siguientes, al menos 26 estudiantes fueron detenidos con armas en colegios del país, y el Índice de Bienestar Docente 2025 informa que cuatro de cada diez profesores han sido agredidos por alumnos, mientras dos tercios arrastran problemas de salud mental. Estas cifras no son la fotografía de una escuela fracasada: son la señal de una comunidad educativa sometida a presiones que exceden sus recursos.

El debate público ha oscilado entre el refuerzo de pórticos de seguridad y los llamados a la prevención. Ambas respuestas son válidas y necesarias, pero insuficientes si se abordan solas. Ya lo escribió Freud en 1939: la civilización se edifica sobre la renuncia pulsional y produce un malestar que apenas podemos tramitar. La escuela es el espacio donde esa renuncia se aprende, y también donde más se resiente cuando el contrato entre esfuerzo y promesa deja de sostenerse.

A los niños y jóvenes se les pide silencio, espera y escucha. A cambio, la cultura prometió pertenencia y futuro. Cuando esas promesas se adelgazan, lo que Freud llamó Thanatos, regresa en bruto no como maldad congénita, sino como consecuencia de un vínculo roto.

Muchas de las conductas que hoy alarman en las aulas- el insulto a los docentes, el conflicto exacerbado, la resistencia frontal a la norma- son llamados de atención: señales de un sujeto que busca a otro que lo escuche. Reconocer esa diferencia no es justificar la violencia; es entender que la prevención real ocurre mucho antes, en el vínculo cotidiano.

En ese mismo marco cabe leer lo que han vivido algunos liceos históricos del país. Los episodios de violencia colectiva que allí han ocurrido no son simplemente actos de vandalismo o rebeldía juvenil, desde la psicología social Freudiana expresan la dinámica de la masa: la suspensión del yo individual en un colectivo cohesionado por un ideal y por el peso de las promesas incumplidas.

Los jóvenes que no encuentran un horizonte de futuro, no siempre saben tramitar esa frustración por vías simbólicas. No porque sea malo o peligroso por naturaleza, sino porque nadie les ensenó- o nadie tuvo tiempo y energía para enseñarles – a hacer otra cosa con ese malestar.

El momento exige concreción: devolver vías sublimatorias (arte, deporte, participación real), revalorizar al docente y al equipo directivo como figuras de autoridad legítima y no solo de control; crear condiciones para que los adultos de la escuela puedan estar presentes de verdad, sin el agotamiento que hoy los dobla.

Freud le escribió a Einstein en 1932 que la destructividad humana no se elimina: solo se desvía. Esa desviación no es un eufemismo: es proyecto de la cultura.

Y la escuela -con todos sus adultos cansados, paredes rayadas, y estudiantes buscando un lugar- sigue siendo uno de los pocos espacios donde ese proyecto puede sostenerse. La respuesta no está en más metal en las puertas, sino que en generar vínculos, y en la decisión colectiva de no dejar sola a ninguna escuela que lo intente.

 

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