La experiencia internacional evidencia que los países que invierten más en investigación e innovación generan empleos de mayor calidad, desarrollan tecnologías con mayor valor agregado y alcanzan mejores índices de desarrollo humano.
En economías altamente innovadoras, como Israel y Corea del Sur, la inversión en ciencia alcanza niveles superiores al 5 % del PIB. Chile, en cambio, invierte apenas un 0,36 %, lejos del promedio de la OCDE, que supera el 2,7 %.
La baja inversión en ciencia en el país revela una restricción estructural para innovar, diversificar soluciones y mejorar la calidad de vida de las personas. Pero el problema no es solo cuánto se invierte. También importa conocer en qué modelo de ciencia se invierte.
En los últimos años, diversos sectores académicos a nivel internacional han planteado la importancia de reformar los modelos centralizados de ciencia, para avanzar hacia un enfoque de investigación e innovación más abierto y colaborativo. Ese enfoque se conoce como ciencia abierta. Se trata de una propuesta interesante para el contexto nacional. Chile también requiere un modelo de ciencia capaz de dialogar de forma transparente con los problemas reales de sus territorios.
En Europa y Estados Unidos, diversas experiencias muestran que abrir los procesos de investigación a la participación ciudadana mejora la pertinencia de los resultados científicos, fortalece la confianza pública en la ciencia y amplía el impacto social del conocimiento.
En la actualidad, existe a nivel nacional una red universitaria consolidada y una comunidad científica en crecimiento. Esa capacidad abre una oportunidad histórica para promover un diálogo amplio entre academia, autoridades y ciudadanía, que permita sentar las bases de un sistema de ciencia abierto que responda a la demanda pública de rendición de cuentas, sin debilitar la investigación.
En La Araucanía, la comunidad académica puede cumplir un papel relevante en ese diálogo entre ciencia y sociedad. Un ejemplo de ello es el proyecto de investigación posdoctoral que actualmente lidera la Facultad de Educación de la UC Temuco, orientado a identificar las mejores prácticas de ciencia abierta desarrolladas por académicos de la región que puedan constituirse en referentes para democratizar el acceso al conocimiento en el territorio.
Sin duda, la ciencia abierta ofrece una alternativa para que el conocimiento financiado con recursos públicos sea conocido, accesible y reutilizable de forma sostenible. Así, la inversión en ciencia dejará de apreciarse solo como una cifra marginal en el presupuesto nacional y podrá convertirse en un instrumento concreto al servicio del desarrollo de la nación.