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Salas deterioradas: ¿Cómo aprende un niño en un lugar donde no quiere estar? Por Dr. Jaime Fauré, académico de Psicopedagogía de la Universidad Andrés Bello

Hay escuelas en Chile donde las salas de clases no tienen ventanas que abran. Las hay donde el ruido del patio entra sin filtro y hace imposible escuchar al profesor sin esfuerzo. Las hay donde el único espacio disponible para trabajo en grupo es el pasillo, y donde los baños están tan deteriorados que los estudiantes aprenden a aguantar hasta llegar a casa. Son detalles que aparecen con frecuencia en los informes de calidad educativa. Pero lo olvidamos. Son los estudiantes que los viven los que no los olvidan.

El espacio físico no es un telón de fondo neutro sobre el que se despliega el aprendizaje. Es parte del aprendizaje mismo. Esta afirmación, que puede sonar a obviedad cuando se enuncia así, tiene implicaciones que el sistema escolar chileno ha tardado en tomar en serio. Durante décadas, la discusión sobre calidad se ha concentrado en variables que pueden medirse con mayor facilidad: resultados en pruebas estandarizadas, formación docente, gestión directiva, cobertura curricular. El espacio ha quedado relegado a una categoría diferente, casi periférica: infraestructura. Un problema técnico, no pedagógico, que siempre está ahí. Y que casi nunca se soluciona.

Pero lo que ocurre en un cuerpo que pasa seis horas diarias en una sala mal iluminada, con muebles que no permiten otra posición que la de quietud pasiva, no es indiferente a lo que ese cuerpo puede pensar, sostener, producir. La investigación en psicología educativa lleva décadas documentando que variables como la temperatura, la acústica, la luz natural, la posibilidad de movimiento y la flexibilidad de los espacios inciden de manera mesurable en la atención, el bienestar y la disposición al aprendizaje. No son datos marginales. Pero el diseño de la mayoría de las escuelas chilenas parece no haberlos recibido todavía.

La sala de clases tradicional dice algo muy claro sobre la pedagogía que la habita: hay un frente y hay un fondo, hay una pizarra y hay filas, hay un lugar donde se sabe y un lugar donde se aprende. Ese diseño no es neutral. Fija roles, establece jerarquías, hace difícil la colaboración entre pares y hace casi imposible que un estudiante tenga algo parecido a una experiencia de agencia sobre su propio entorno. La sala donde nada puede moverse es también la sala que le dice al estudiante, de manera silenciosa pero persistente, que su única tarea es ocupar el lugar que le fue asignado.

El contraste con otros entornos es ilustrativo. Las bibliotecas escolares que realmente funcionan, los talleres de arte, los laboratorios, los espacios de trabajo colaborativo que algunos colegios han logrado construir: en todos ellos ocurre algo diferente. No solo en términos de mobiliario o tecnología, sino en términos de lo que se espera del estudiante. Se espera que haga algo, que decida algo, que se mueva, que organice su propio proceso dentro de un espacio que tiene posibilidades distintas. Esa pequeña diferencia tiene consecuencias sobre cómo el estudiante se experimenta a sí mismo en el acto de aprender, ya no como receptor de un contenido diseñado en otro lugar, sino como alguien que participa activamente en algo que está ocurriendo aquí.

Hay, por supuesto, una dimensión de equidad que no puede omitirse. La brecha de infraestructura entre establecimientos municipales y particulares pagados en Chile no es solo estética. Es una brecha en las condiciones materiales del aprendizaje. Los estudiantes que pasan su escolaridad en espacios deteriorados, sucios, ruidosos e inhóspitos reciben un mensaje que ningún discurso sobre inclusión puede desmentir: que lo que ocurre aquí no merece mejor marco. Y ese mensaje, recibido miles de veces a lo largo de años de trayectoria escolar, deja huella en la manera en que los propios estudiantes valoran lo que hacen en ese espacio y lo que son capaces de hacer dentro de él.

El espacio escolar no es solo el lugar donde pasa la educación. Entendámoslo de una vez. Es también parte de lo que esa educación dice sobre sí misma. Sobre a quién está dirigida, con cuánto cuidado, con qué expectativas. A veces, la pregunta más honesta sobre la calidad de una escuela no es cuánto suben sus puntajes en el Simce. Es si sus estudiantes quieren estar ahí.

 

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