En la vorágine del día a día, nuestras ciudades operan como eficientes máquinas de alienación. Somos cuerpos atrapados en un engranaje de asfalto, bocinas y estrés, reducidos a meros objetos de traslado, pasajeros en un transporte público hacinado o prisioneros detrás del volante. Sin embargo, el Día Mundial de la Bicicleta nos recuerda que existe una forma silenciosa y cotidiana para quebrar esta inercia: el pedaleo.
Subirse a una bicicleta es un acto político personal cotidiano que permite recuperar el control corporal que la metrópolis a veces nos arrebata. Existe una relación emancipadora entre la fuerza de nuestras piernas y el dominio sobre el entorno. Mientras la urbe impone sus ritmos frenéticos y nos exige llegar siempre rápido a producir o consumir, la bici tiene su propia temporalidad.
Al pedalear, nuestro cuerpo es el que dicta la aceleración, el sudor nos avisa cuando vamos muy rápido y la pausa nos permite conectar con donde estamos. Nosotros controlamos la velocidad de la ciudad que recorremos y no al revés. Es una forma eficaz para desdramatizar la movilidad. Desplazarse no debería ser una tragedia diaria, una lucha por la supervivencia o una fuente constante de ansiedad, sino un tránsito fluido, consciente y a escala humana.
Soy ciclista hace décadas en la ciudad de Santiago. Hoy es mi principal medio de movilidad diaria. Al conmemorar este medio de transporte, la invitación es a quienes se mueven en bicicleta a disfrutar y reconocer el significado que este traslado diario le otorga a la ciudad donde vivimos. Es posible democratizar el espacio urbano suavizando su uso, pero, a mi forma de ver, esto pierde sentido cuando a la bici le aplicas la rapidez de un automóvil. El gesto suavizador inicial se rigidiza con la velocidad.
En tiempos donde el aislamiento y la alineación han causado estragos en las sociedades, parece clave ir un poco más lento para entender lo que está pasando a nuestro al rededor. La bici puede ayudar mucho a mirar las cosas desde otra perspectiva.