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El ajuste recién comienza. Por Felipe Oelckers, director de Ingeniería Comercial, Universidad Andrés Bello

La economía chilena dio una nueva señal de alerta en abril. El Imacec cayó un 1,2% interanual, muy por debajo de lo que esperaban los analistas, cuyas proyecciones fluctuaban entre -0,2% y -0,6%. Ya son cuatro meses consecutivos de contracción, algo que no se observaba desde los momentos más complejos de la pandemia. La minería, con una caída de 11,8%, explicó gran parte del retroceso debido a la menor producción de cobre. El Imacec no minero, en tanto, mostró algo más de resiliencia con un crecimiento marginal de 0,4%.

Sin embargo, este resultado no representa únicamente un mal mes. Más bien confirma que el ajuste económico que Chile viene experimentando desde hace algún tiempo continúa desarrollándose y comienza a reflejarse con mayor claridad en los indicadores. Tras años marcados por un elevado gasto, incertidumbre política y diversos shocks externos, la economía enfrenta un proceso de corrección que inevitablemente tiene costos.

Aunque la inflación ha mostrado señales de moderación, sus efectos aún no desaparecen por completo. Ajustes salariales, mayores costos de insumos y expectativas acumuladas siguen afectando tanto a las empresas como a los hogares. Esto ayuda a explicar por qué el consumo y la inversión continúan mostrando debilidad. El poder adquisitivo permanece bajo presión y la confianza, elemento clave para la actividad económica, sigue recuperándose lentamente.

Las perspectivas para el resto del año tampoco son especialmente alentadoras. Todo indica que el crecimiento podría ubicarse por debajo de las estimaciones más optimistas realizadas a comienzos de año. La volatilidad del sector minero, la debilidad observada en algunos servicios empresariales y un escenario internacional todavía incierto continúan limitando una recuperación más sólida. De hecho, el primer cuatrimestre acumula una contracción cercana a 0,65%, una cifra difícil de ignorar.

No obstante, existe un elemento que permite mirar el escenario con algo más de optimismo. A diferencia de otros períodos de desaceleración, durante los últimos meses se han destrabado importantes inversiones en sectores estratégicos como minería, energía, infraestructura e innovación. Diversos proyectos que permanecían paralizados por incertidumbre regulatoria, tramitaciones excesivas o falta de señales claras han comenzado a avanzar.

Ese factor podría marcar una diferencia significativa. Cuando la confianza se consolide y los procesos de ajuste terminen de desarrollarse, la inversión privada podría transformarse en uno de los principales motores de recuperación. En ese contexto, el rebote económico podría ser más rápido e intenso de lo que hoy sugieren las cifras.

Chile no enfrenta una crisis financiera, pero sí un período económico complejo. El Imacec de abril refleja un momento difícil porque muestra con claridad los costos del ajuste. La clave estará en mantener estabilidad, reducir incertidumbres y generar condiciones que permitan concretar las inversiones ya comprometidas.

El 2026 será probablemente un año de transición exigente. Sin embargo, las transiciones también pueden sentar las bases de ciclos más favorables. La gran pregunta es si el país estará preparado para aprovechar esa oportunidad cuando la recuperación finalmente comience a tomar fuerza.

 

 

 

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