Buscar

Visitar un museo no basta: la reflexión que nos dejó el Día del Patrimonio en Chile. Por Victoria Peña, académica e investigadora de Educación de la Universidad Andrés Bello

Conversando con una amiga de años, recordábamos lo mucho que nuestros abuelos sabían sobre historia de Chile, de música, tradiciones o de cine, sin haber tenido la oportunidad de instruirse demasiado. En la gran mayoría de nuestras historias familiares, los abuelos no terminaron la educación básica o bien con suerte habían llegado a cursar estudios secundarios ¿Qué era entonces esa magia que los hacía contar con una solidez cultural que les daba identidad, sentido de pertenencia y a la vez esa autoridad formativa que calaba hondo en nuestras almas infantiles?

Inevitablemente esta reflexión nos llevó a una fecha cercana y relevante en nuestro actual escenario social y cultural, que es el Día del Patrimonio, que se celebró este domingo 31 de mayo.  Una fecha que, cada año, nos invita a recorrer espacios, a mirar nuestra historia común, a reconocernos como parte de algo más amplio que lo inmediato. Pero, en esa invitación colectiva, hay una ausencia persistente que pocas veces se nombra: el rol formativo de la familia en la construcción de ese vínculo con la cultura. Porque la ciudadanía no se improvisa en una visita guiada, ni se garantiza por decreto escolar. Se cultiva, lenta y silenciosamente, en aquello que ocurre dentro del hogar.

En tiempos donde la escuela parece estar permanentemente en tela de juicio, es necesario desplazar el foco, aunque incomode. Las críticas a los establecimientos educacionales son legítimas y necesarias. Sin embargo, resulta preocupante constatar que muchas veces el rol de la familia sólo queda reducido a este ejercicio reactivo: reclamar derechos incumplidos, denunciar situaciones conflictivas o, en algunos casos, incluso justificar conductas que erosionan la convivencia. Pero la evidencia es clara y nos dice otra cosa. La UNESCO ha sostenido que el involucramiento familiar no solo impacta en el rendimiento académico, sino también en la formación de valores cívicos, la empatía y el compromiso social (UNESCO, 2022). En la misma línea, la OCDE advierte que los sistemas educativos más efectivos son aquellos donde existe una alianza sólida entre escuela y familia, basada en la confianza y la corresponsabilidad (OCDE, 2021). Como se puede apreciar, no se trata de una colaboración opcional, sino de un pilar estructural del proceso formativo.

En Chile, la Política Nacional de Convivencia Escolar (MINEDUC, 2024) enfatiza precisamente esta idea: la educación es una tarea compartida, donde la comunidad —y especialmente la familia— cumple un rol clave en la promoción del buen trato, el respeto y la participación. Sin embargo, esto se ve conflictuado en la práctica cotidiana, porque mientras desde la escuela se promueve el diálogo, la tolerancia y la resolución pacífica de conflictos, no siempre esos mismos principios son los que se promueven al interior de las familias.

Y es aquí donde se genera una paradoja inquietante. Se espera que la escuela forme ciudadanos respetuosos, críticos y comprometidos, pero muchas veces esos aprendizajes se enfrentan a discursos contradictorios en el hogar: desvalorización de la autoridad, normalización de la violencia verbal o indiferencia frente a lo público.

El Día del Patrimonio, en este contexto, no fue solo una actividad cultural. Fue también un espejo y una oportunidad. Nos mostró cuánto hemos hecho como sociedad para transmitir el valor de lo común. Porque no basta con asistir a un museo si detrás de eso no hay una conversación, una explicación, una curiosidad compartida. Ser familia hoy implica mucho más que acompañar trayectorias escolares o responder a comunicados. Implica asumir un rol formativo activo e intencionado. Implica enseñar, pero con el ejemplo, que el otro importa, que lo público nos pertenece, que la cultura no es un lujo, sino un lenguaje que nos permite comprendernos. Implica, también, incomodarse, cuestionarse, revisar prácticas y discursos.

No se trata de buscar culpables, sino de recuperar responsabilidades. Porque cuando la familia renuncia a su rol formador, la escuela no solo se sobrecarga: se debilita el tejido social, dejando espacio a la indiferencia y a la apatía.

Pero también este día fue una oportunidad y una luz de esperanza. Se ve en familias que convierten una caminata en una clase de historia viva, en padres que preguntan antes de juzgar, en hogares donde el respeto es una práctica cotidiana. Quizás, en este Día del Patrimonio, la invitación más urgente no fue solo abrir edificios, sino también abrir conversaciones. Preguntarnos qué estamos transmitiendo, qué estamos modelando, qué ciudadanía estamos ayudando a construir. Porque la cultura —esa que celebramos cada fin de mayo— no se hereda automáticamente: se enseña, se comparte, se vive. Y esa enseñanza, antes que, en cualquier sala de clases, comienza en casa.

noticias relacionadas

Empresas bajo presión: el liderazgo que exige un mundo sin certezas. Por Federico dos Reis, CEO de INFORM para Latinoamérica

Irán y EE.UU.: vuelve la incertidumbre. Por Boris Pastén, director de Ingeniería en Negocios Internacionales UNAB

Repensar la formación STEM desde la sabiduría y el bienestar estudiantil. Por Francisca Beroíza Académica Facultad de Educación Universidad de Las Américas

La Pincoya en disputa: cuando «vivir mejor» se convierte en «poder más». Por Diego Benavente, cientista político y ex vecino y ex funcionario del municipio de Huechuraba