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Es difícil ser invisible. Por Raúl Caamaño Matamala, Profesor Universidad Católica de Temuco

¿Qué? ¿Quién? ¿Yo? ¿Seré yo, señor?

Es la pregunta que nos asalta cada vez que las pantallas anuncian, con bombos y platillos, un nuevo beneficio o subsidio estatal. Ponemos atención, subimos el volumen y, en buen chileno, paramos la oreja ante cifras millonarias de supuestos favorecidos. El anuncio remarca con peras y manzanas quiénes son los agraciados. Sin embargo, para saber si uno está contado en ese total, la música cambia. Ya no basta con mirar a los ojos, ni con el apretón de manos que antes sellaba la palabra. Tampoco basta con la cédula de identidad. No, señor; no, señora. Ahora, para el sistema, usted solo existe si su huella dactilar se dibuja nítida en un vidrio frío, si entrega su iris, o si digita una infinidad de claves que la memoria se niega a retener, que ya están apuntadas en una libretita celosamente guardada con un elástico, porsiaca.

¿Se dan cuenta? El progreso se ha vuelto arrollador, pero en su carrera parece haber olvidado el retrovisor.

Nos prometieron que la digitalización nos acercaría, que la ayuda estaría a un «clic». «¡Qué maravilla!», dirían los hijos. «Es fácil, todo está en la Clave Única», repiten los técnicos. Pero detrás de la propaganda bombástica, lo que hallamos es un muro invisible pero implacable. Para acceder a lo que por derecho nos corresponde, hay que hacer mil maromas en el notebook, allegar datos, dar decenas de enter, meterse por aquí y por acá, para terminar en un «espere unos días, le avisamos a su correo». Todo en veremos. Si no aprueba el examen digital, usted queda fuera. Así de simple. Así de cruel.

Es un S.O.S. con todas sus letras. Los adultos mayores estamos quedando en la soledad, apartados por la fuerza de una alfabetización digital que llegó tarde, sin manual y sin paciencia para nuestros ritmos. Ya no es el antiguo «vuelva mañana» del burócrata; hoy el portazo es virtual: «error de autenticación», «sistema caído» o, peor aún, el silencio de un contestador automático que no entiende de dedos cansados o gruesos, o quizás de un lapsus memoriae, tan solo.

Resulta una paradoja flagrante. Nos llenamos la boca hablando de inclusión, de diversidad, de derechos, y más derechos mientras construimos un entorno que discrimina activamente a los más longevos. Y cuidado, que no somos una minoría efímera. Cada vez somos más, y seremos muchos más. La pirámide demográfica se invierte y, sin embargo, el diseño del mundo parece pensado solo para nativos digitales de veinte años. ¿Quién calcula el costo humano de esta exclusión? ¿Quién mide la angustia del abuelo que teme bloquear su cuenta y perder su pensión por una pulsación errónea?

En una primera columna, “Es difícil ser”, decía que ser humano es empatizar y fraternizar. En la segunda, “Es difícil ser mayor”, advertía lo complejo de ser mayor ante el devenir. En una tercera, titulada “¿Seré yo, señor?”, me refería al cúmulo de incógnitas ante los anuncios de beneficios o ayudas. Hoy afirmo que lo más difícil es resistir a la invisibilidad. No se trata de negar el futuro ni de añorar el chancho de palo ni la batea ni el secador de mimbre; se trata de exigir un humanismo tecnológico. La tecnología debe ser un puente, jamás un foso que aísle a los ciudadanos.

Si en España marcharon al grito de «Soy mayor, no idiota», aquí, en nuestras tierras, desde esta Araucanía que sabe de esperas, debemos levantar la voz antes de que el último lazo o vínculo humano sea reemplazado por un código QR. No temamos buscar la luz, pero exijamos que esa luz no nos encandile las pupilas ni nos cierre las puertas. Es tiempo de que el progreso aprenda, de una buena vez, a hablar en humano.

¿Está claro?

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