Desde que asumí este cargo, me hago la misma pregunta: ¿cuándo tiene una empresa derecho a hablar de sostenibilidad? No desde el discurso corporativo habitual, sino en serio. ¿Cuándo lo que hacemos es suficiente para sostener el argumento?
No tengo una respuesta definitiva, pero sí una convicción: ese derecho se gana con datos y hechos, no con buenas intenciones escritas en un papel.
L’Oréal es la empresa de belleza más grande del mundo. Esa escala tiene un impacto evidente: operamos en más de 150 países, con enormes cadenas de distribución y 37 marcas que entran en millones de hogares. Ese tamaño deja una huella innegable. Negarla o maquillarla sería deshonesto.
Llevamos años trabajando para que esa huella sea cada vez menor, con avances concretos. A nivel global, el 100% de la energía de nuestros sitios proviene de fuentes renovables y llevamos 14 años consecutivos con la calificación más alta de CDP. En Chile, esto tiene cara propia: nuestro centro de distribución cuenta con certificación LEED y energía limpia, y tras incorporar electromovilidad, bajamos un 35% las emisiones de transporte. Son números reales, auditados y transparentes.
Sin embargo, estos avances no justifican apartar la vista del problema de fondo: el modelo de consumo de «comprar, usar y desechar» ya no da más. Y es ahí, en el producto mismo y en los hábitos de consumo, donde el camino se vuelve más largo y complejo.
Para nosotros, asumir esa complejidad implica abordar el corazón de nuestra industria: los envases y el plástico. Haber reducido en un 37% el uso de plástico virgen en nuestros empaques desde 2019 demuestra que el cambio a gran escala es posible, pero la verdadera transformación ocurre cuando esa ciencia de los laboratorios conecta con el día a día de las personas. Es ahí donde el refill (o recarga) deja de ser una innovación técnica y se convierte en una invitación a cambiar la cultura desde el hogar. Romper la inercia de que lo desechable es más cómodo requiere empatía y, sobre todo, soluciones accesibles al alcance de la mano.
¿Qué significa, entonces, hablar de sostenibilidad hoy? Para mí, significa no vendernos como algo que todavía no somos. Mostrar los avances sin adornos, pero también mirar de frente lo que nos falta por recorrer, asumiendo una responsabilidad gigante que no podemos traspasar al consumidor.
En este Día Mundial del Medio Ambiente, prefiero la honestidad del trabajo real a cualquier declaración de principios. Al final, el liderazgo se demuestra sabiendo exactamente dónde estamos y hacia dónde vamos, impulsando los cambios de la industria, pero también acompañando a las personas; un día a la vez y un envase a la vez.