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SIMCE en Chile: ¿Puede un sistema educativo mejorar sin mediciones? Por Juan Pablo Catalán, académico e investigador de Educación de la UNAB

Hay decisiones que parecen administrativas, pero terminan siendo profundamente culturales. Reducir la aplicación de pruebas SIMCE en medio del estancamiento de los aprendizajes no es simplemente modificar un calendario de evaluaciones. Es correr el riesgo de que Chile comience a educar a ciegas.

Porque cuando un país deja de medir cómo aprenden sus niños y jóvenes, también comienza lentamente a renunciar a comprenderse a sí mismo. Y eso ocurre justamente en un momento donde la distancia entre las notas escolares y los desempeños efectivos se vuelve cada vez más inquietante. La llamada inflación de notas ya no es una percepción aislada: es el síntoma silencioso de un sistema que, en muchos casos, comenzó a certificar más aprendizajes de los que realmente existen.

Durante años, Chile logró instalar —con tensiones y críticas legítimas— una cultura de evaluación y mejora continua que permitió avanzar en seguimiento pedagógico, monitoreo de trayectorias y toma de decisiones basadas en evidencia. Luz María Budge, presidenta del Consejo Nacional de Educación, ha sido enfática al señalar que las evaluaciones permiten calibrar la relación entre las políticas públicas y su implementación efectiva en las escuelas. Y allí radica precisamente el problema de fondo. Sin datos, la educación corre el riesgo de transformarse en intuición, percepción o discurso bien intencionado. Los sistemas educativos más sólidos del mundo no avanzan disminuyendo evidencia, sino fortaleciendo capacidades para interpretarla pedagógicamente y convertirla en mejora escolar (OCDE, 2023). La cultura del dato no significa reducir la escuela a un número, sino impedir que miles de estudiantes avancen invisiblemente con vacíos de aprendizaje que nadie detecta a tiempo.

Lo más preocupante es que esta discusión suele olvidar algo profundamente valioso: el enorme trabajo profesional que hoy realizan los docentes en las escuelas y liceos de Chile. Detrás de cada evaluación externa existen jornadas de reflexión pedagógica, análisis de resultados, revisión de trayectorias y equipos docentes ajustando estrategias para enseñar mejor. En muchas comunidades educativas, los datos dejaron de ser una amenaza para transformarse en una brújula pedagógica. Gracias a esa información, profesores pueden rediseñar la enseñanza, focalizar apoyos y construir aprendizajes más efectivos y de mayor calidad.

El propio Ministerio de Educación ha impulsado durante los últimos años políticas orientadas al fortalecimiento del monitoreo y la reactivación de aprendizajes tras la crisis educativa y socioemocional vivida por el país (MINEDUC, 2024). Debilitar hoy las mediciones externas pone en riesgo precisamente ese avance silencioso que muchas escuelas comenzaron a construir con enorme esfuerzo profesional.

Adriana Gaete, de Fundación Astoreca, lo resumió con claridad incómoda: “Si no tenemos datos, es muy difícil cerrar las brechas”. Y tiene razón. Porque las brechas no desaparecen cuando dejamos de medirlas; simplemente se vuelven menos visibles. Chile tardó décadas en construir una cultura de seguimiento y mejora continua. Costó instalar capacidades técnicas, reflexión pedagógica y comprensión de que la calidad educativa también exige evidencia. Por eso preocupa que, en nombre del cansancio evaluativo o de restricciones presupuestarias, el país pueda terminar debilitando una de las pocas herramientas que todavía permite mirar con honestidad lo que ocurre en las aulas. Porque cuando una nación deja de observar rigurosamente cómo aprenden sus estudiantes, el problema ya no es solo educativo. Es ético. Comenzamos a acostumbrarnos a celebrar aprendizajes que quizás nunca ocurrieron.

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