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La paradoja de la inteligencia artificial: mientras más avanza la tecnología, más valioso se vuelve el ser humano. Por Hernán Leal, fundador y presidente ejecutivo de FASTCO Group

Con una trayectoria cercana a los cien años formando profesionales, la PUCV pone a disposición de los estudiantes espacios presenciales y digitales para resolver dudas sobre carreras, puntajes y vida universitaria.

Durante los últimos dos años hemos escuchado una pregunta repetirse una y otra vez en empresas, universidades y hogares: ¿cuántos empleos reemplazará la inteligencia artificial?

La inquietud es legítima. Según el Foro Económico Mundial, la IA y el procesamiento de datos crearán millones de nuevos puestos de trabajo durante esta década, pero también harán desaparecer otros millones. La magnitud del cambio es comparable a las grandes revoluciones tecnológicas que marcaron la historia moderna.

Sin embargo, creo que estamos formulando mal la pregunta. La discusión no debería centrarse únicamente en cuántos empleos desaparecerán, sino en cuáles serán las capacidades humanas que aumentarán su valor precisamente porque las máquinas serán capaces de hacer cada vez más cosas.

Cada revolución tecnológica ha generado un fenómeno aparentemente contradictorio. Cuando algo se vuelve abundante, aquello que sigue siendo escaso aumenta su valor. Cuando la producción industrial masificó los bienes, los productos artesanales comenzaron a apreciarse más. Cuando Internet permitió acceder a información ilimitada, la confianza y la reputación se transformaron en activos fundamentales. Hoy que la inteligencia artificial promete automatizar tareas intelectuales, creativas y operativas, la verdadera escasez será aquello que una máquina no puede replicar completamente: el criterio humano.

Estamos entrando en una economía donde la eficiencia dejará de ser el principal diferenciador. La eficiencia será el estándar mínimo. La verdadera diferencia estará en la capacidad de generar confianza, empatía, liderazgo, creatividad original y comprensión profunda de las personas.

La inteligencia artificial puede responder preguntas, redactar documentos, procesar datos y ejecutar múltiples tareas con una velocidad extraordinaria. Pero sigue siendo incapaz de comprender plenamente los matices emocionales de una negociación compleja, inspirar a un equipo en momentos de incertidumbre o construir relaciones humanas genuinas basadas en experiencias compartidas.

Por eso, uno de los errores más frecuentes que observo en el mundo empresarial es asumir que la automatización y la reducción de interacción humana representan necesariamente una mejora en la experiencia de clientes y colaboradores.

Durante años las organizaciones buscaron eliminar fricciones para ganar eficiencia. El resultado fue la proliferación de sistemas automáticos, chatbots, autoservicios y procesos digitales. Muchas veces funcionó. Pero también comenzó a aparecer un fenómeno interesante: cuando las personas enfrentan decisiones relevantes o problemas complejos, siguen buscando a otra persona.

No buscan velocidad. Buscan comprensión. La confianza sigue teniendo rostro humano.

Esta realidad tiene implicancias profundas para el futuro del trabajo. Mientras muchas tareas rutinarias serán automatizadas, veremos una creciente valorización de profesiones y oficios donde la conexión humana sea central. Liderazgo, servicio al cliente, educación, salud, mentorías, gestión de comunidades, diseño de experiencias, creatividad estratégica y múltiples especialidades que requieren juicio humano podrían transformarse en algunas de las capacidades más demandadas de la próxima década.

La pregunta entonces no es si la inteligencia artificial reemplazará empleos. La pregunta es qué atributos humanos serán capaces de complementar aquello que la tecnología hace mejor.

Las organizaciones que entiendan esta lógica tendrán una ventaja competitiva importante. No porque rechacen la inteligencia artificial, sino porque sabrán utilizarla para potenciar a las personas y no para reemplazarlas indiscriminadamente.

La historia demuestra que las sociedades que prosperan no son las que se resisten a la tecnología, sino las que aprenden a convivir con ella de manera inteligente.

Paradójicamente, mientras más sofisticada se vuelve la inteligencia artificial, más evidente se vuelve el valor de lo que nos hace humanos.

Quizás ese sea el verdadero cambio que estamos comenzando a observar: en un mundo donde las máquinas serán cada vez más capaces, la autenticidad, la empatía, el criterio y la capacidad de generar confianza podrían convertirse en los activos más escasos y valiosos de la economía del futuro.

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