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Baja vacunación por influenza en personas mayores: un riesgo evitable. Por Katherine Pincheira Académica Carrera de Enfermería Universidad de Las Américas, Sede Concepción

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Cada invierno, los equipos de salud observan una escena que se repite: servicios de urgencia saturados y funcionando al límite de su capacidad, familias preocupadas y personas mayores enfrentando dificultades respiratorias. Sin embargo, una parte importante de este sufrimiento puede prevenirse mediante una medida simple, gratuita y disponible: la vacuna contra la influenza, inmunización que permite al organismo reconocer y combatir el virus de manera más eficaz.

Resulta preocupante la baja cobertura de vacunación en personas mayores, especialmente considerando que los casos de influenza acumulan seis semanas consecutivas de aumento. Este grupo presenta, por razones biológicas y sociales, un mayor riesgo de desarrollar cuadros graves, requerir hospitalización o incluso fallecer a causa de enfermedades respiratorias. A pesar de ello, más de un millón de personas mayores de sesenta años aún no han recibido la vacuna antes del inicio del invierno.

La influenza no corresponde a “un resfrío fuerte”. En la población mayor puede provocar neumonía, bronquitis severa, descompensación de enfermedades crónicas como diabetes, hipertensión, patologías cardíacas o respiratorias, además de una importante pérdida de funcionalidad. En muchos casos, tras una hospitalización, la persona afectada no logra recuperar el mismo nivel de independencia que tenía previamente. Por ello, inmunizarse no solo contribuye a proteger la vida, sino también a preservar la autonomía.

Las razones para no hacerlo parecen ser diversas. Algunas personas creen que nunca se enferman o que la vacuna puede provocar influenza. Otras han experimentado molestias leves en años anteriores y optan por no repetir la inoculación. También influye la desinformación que circula en redes sociales, el cansancio acumulado tras la pandemia, la desconfianza hacia las instituciones y, en numerosos casos, factores mucho más simples, como las dificultades para acceder a un centro de salud, falta de tiempo, desconocimiento de los horarios de atención o ausencia de alguien que pueda acompañarlas.

Las campañas de vacunación cumplen un rol fundamental al informar, orientar y acercar la prevención a la comunidad. Sin embargo, su efectividad también depende de que las personas reciban el mensaje, lo conversen con sus familias y adopten una decisión informada. Es importante que la población comprenda que la vacuna contra la influenza se actualiza cada año debido a las constantes variaciones del virus. Asimismo, aplicársela no implica necesariamente evitar todos los contagios, sino reducir de manera significativa el riesgo de enfermar gravemente, requerir hospitalización o fallecer. En este contexto, el llamado no surge desde el temor, sino desde la conciencia, ya que hacerlo oportunamente constituye una forma concreta de proteger la propia salud, cuidar a quienes nos rodean y enfrentar de mejor manera el invierno que ya se aproxima.

Es necesario dejar de considerar esta acción como una decisión exclusivamente individual. Cuando una persona de edad avanzada se vacuna, no solo se protege a sí misma, sino que también contribuye a disminuir la presión sobre los servicios de urgencia, liberar camas para otros pacientes y reducir la preocupación de las familias. La vacunación representa un acto de autocuidado, pero también una expresión de responsabilidad colectiva.

Antes de que el invierno se intensifique, aún existe tiempo para actuar. Las personas de sesenta años o más deben inocularse. Asimismo, familiares, vecinos y cercanos pueden desempeñar un papel relevante al consultar si sus seres queridos ya han recibido la inmunización y acompañarlos a hacerlo cuando sea necesario. Aunque pueda parecer un gesto pequeño, en salud pública las acciones individuales, cuando se multiplican, tienen la capacidad de salvar vidas.

 

 

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