Hay historias que me recuerdan por qué me siento orgullosa de formar parte de la minería chilena. Historias distintas entre sí, pero atravesadas por la porfía.
Pienso en Marjholyn, caminando por las calles de Calama antes de comenzar su jornada. Decidió crear una empresa proveedora para la minería en la ciudad donde nació, convencida de que el desarrollo de la industria también puede traducirse en oportunidades para las personas y comunidades que conviven con ella día a día.
También pienso en Clara, iniciando un nuevo turno después de veinte años de trayectoria en los que ha aprendido en terreno, trabajando junto a sus equipos y aportando desde una experiencia construida con conocimiento, dedicación y constancia.
Pienso en Vania, liderando proyectos innovadores para recuperar valor desde residuos mineros y desarrollar soluciones para el tratamiento de aguas. Una científica que encontró en la minería un espacio para investigar y aportar a desafíos que van mucho más allá de una operación.
Sus historias son distintas, pero cuando las escucho, no puedo evitar pensar en las mujeres que las precedieron.
Hasta 1996, las mujeres tenían prohibido ingresar a las minas en Chile. Apenas unos años antes, en 1988, la geóloga Alejandra Arévalo fue la primera mujer en la historia que ingresó a la mina subterránea de El Teniente. Lo hizo sin pedir permiso a nadie. Tiempo después diría que la movilizaba la porfía.
Me gusta esa palabra, porque algo de ella parece atravesar muchas de las historias de mujeres en minería. La porfía de estudiar una carrera cuando había pocos referentes. La porfía de emprender en una industria altamente especializada. La porfía de abrir espacios para nuevas ideas, nuevas tecnologías y formas de aportar.
Lo veo porque también soy parte de una empresa proveedora de la minería y soy adherente de la red Compromiso Minero. Sé que detrás de cada operación existe una enorme red de personas que contribuyen desde distintos lugares. Algunas están en una faena. Otras en laboratorios, talleres, centros de innovación o empresas regionales que forman parte de la cadena de valor. Todas son parte de una industria que se construye día a día gracias al trabajo y al talento de miles de personas.
Por eso, en la conmemoración del Mes Internacional de la Mujer en Minería, pienso menos en las cifras y más en historias como las de Marjholyn, Clara y Vania, las que están unidas por esa porfía que alguna vez abrió una puerta cerrada y que hoy sigue impulsando espacios para que más mujeres formen parte de la minería, se desarrollen y contribuyan a construir una industria donde todos los talentos tengan lugar.