La reciente revisión a la baja de las perspectivas de crecimiento para Chile realizada por el Banco Central en su Informe de Política Monetaria (IPoM) de junio puede ser interpretada por muchos como una señal inequívoca de un escenario económico más complejo para los próximos meses. Sin embargo, antes de asumir que dichas proyecciones constituyen un diagnóstico definitivo sobre el desempeño de la economía chilena, conviene recordar una característica esencial de todo ejercicio prospectivo: su validez depende de que los supuestos sobre los cuales fue construido permanezcan relativamente estables.
Precisamente esos supuestos parecen estar cambiando. Las estimaciones contenidas en el último IPoM fueron elaboradas en un contexto internacional marcado por elevados niveles de incertidumbre geopolítica, particularmente en Medio Oriente. Las tensiones en la región representaban una fuente relevante de riesgo para la economía mundial debido a su potencial impacto sobre los mercados energéticos, la inflación global y las expectativas de inversión.
Sin embargo, una vez concluido el proceso de elaboración del informe, se produjo un hecho que difícilmente puede considerarse menor: la firma del acuerdo de paz entre Irán y Estados Unidos. Más allá de las implicancias políticas y diplomáticas que este acontecimiento pueda tener para la región, desde una perspectiva económica constituye una señal que podría modificar parte de los riesgos que configuraban el escenario internacional hace apenas algunas semanas.
La relevancia de este hecho para Chile no debe subestimarse. Nuestro país continúa siendo una economía profundamente integrada a los mercados internacionales y particularmente sensible a las fluctuaciones en los precios de la energía. Una disminución de las tensiones geopolíticas puede traducirse en menores presiones sobre los precios del petróleo, reduciendo costos de transporte, producción y distribución en múltiples sectores de la economía.
Lo anterior no implica desconocer los desafíos internos que enfrenta el país. La productividad sigue mostrando avances insuficientes, la inversión privada aún requiere señales más claras para consolidar su recuperación y el mercado laboral todavía enfrenta desafíos relevantes. Pero tampoco corresponde ignorar que parte importante del pesimismo que rodea las actuales proyecciones económicas descansa en supuestos externos que podrían comenzar a modificarse.
En este contexto, no es que el Banco Central haya sido excesivamente pesimista. Su mandato le exige prudencia y credibilidad, y no optimismo. El verdadero riesgo es que el debate público termine confundiendo una proyección condicionada con una predicción definitiva. Las estimaciones económicas son herramientas para orientar decisiones bajo determinados escenarios, no sentencias inalterables sobre el futuro.
Por ello, más que interpretar la reciente corrección de crecimiento como una sentencia definitiva para 2026, parece más apropiado entenderla como una fotografía tomada justo antes de que el entorno internacional comenzara a cambiar. Después de todo, en economía las proyecciones no son destinos inevitables, sino estimaciones sujetas a una realidad que muchas veces cambia más rápido que los modelos.