Durante años, las vacunas han sido asociadas casi exclusivamente a la prevención de enfermedades respiratorias. Sin embargo, hoy se entiende con mucho respaldo que su impacto va mucho más allá: vacunarse también protege el corazón y los vasos sanguíneos, y reduce el riesgo de eventos graves como infartos o accidentes cerebrovasculares.
Cuando una persona contrae infecciones como influenza o COVID-19, el organismo responde con un proceso inflamatorio intenso. Esta inflamación no solo afecta a los pulmones, sino que también puede afectar las arterias, favorecer la formación de coágulos y aumentar la probabilidad de sufrir un evento cardiovascular. En otras palabras, una infección respiratoria puede transformarse en un desencadenante directo de un infarto agudo al miocardio o un accidente cerebrovascular.
La vacunación actúa previniendo este escenario. Al reducir el riesgo de infección o su gravedad, disminuye también la carga inflamatoria del organismo y, con ello, la probabilidad de complicaciones cardiovasculares. Esto es especialmente relevante en personas con enfermedades crónicas como hipertensión, diabetes, enfermedad coronaria o insuficiencia cardíaca, pero también tiene efectos protectores en población general.
La vacunación contra la influenza, en particular, ha demostrado reducir de manera significativa las hospitalizaciones, los eventos cardiovasculares mayores y la mortalidad. Su efecto protector es comparable al de otras medidas ampliamente utilizadas en prevención cardiovascular. Por ello, hoy se considera una estrategia fundamental dentro del cuidado integral del corazón.
Este enfoque adquiere especial importancia en el sur de Chile, donde las condiciones climáticas favorecen la circulación de virus respiratorios durante gran parte del año. A esto se suma una población con alta prevalencia de factores de riesgo cardiovasculares, lo que aumenta la vulnerabilidad frente a estas infecciones.
A pesar de esto, la vacunación sigue siendo subutilizada como medida de prevención cardiovascular. Persisten mitos, desinformación y una percepción limitada de su beneficio, centrada únicamente en lo respiratorio. Cambiar esta mirada es urgente.
Incorporar las vacunas como parte de la prevención cardiovascular significa ampliar la forma en que se cuida la salud. No se trata solo de controlar la presión arterial, el colesterol o la glicemia, sino también de reducir los factores que pueden gatillar eventos agudos.
Vacunarse es una decisión simple, accesible y efectiva. No solo previene enfermedades infecciosas: también protege el corazón, evita complicaciones graves y contribuye a una mejor calidad de vida. Hoy, cuidar el corazón también pasa por mantener el calendario de vacunación al día.