Chile enfrenta una creciente demanda en salud mental y la brecha de acceso a servicios especializados parecer ser cada vez más grande. Es en este contexto, la Inteligencia artificial aparece como una opción para quienes en solitario acuden a esta tecnología para obtener información o incluso solicitar “consejos” en el ámbito de dificultades emocionales. El rápido acceso y la gratuidad de esta herramienta la hacen muy atractiva, sin embargo, existen riesgos que debemos considerar.
La incorporación de la IA en salud mental presenta desafíos éticos, como por ejemplo, la protección de la privacidad, lo que en un proceso habitual de psicodiagnóstico o psicoterapia se asegura con confidencialidad, una de las premisas fundamentales de cualquier proceso terapéutico.
Existe también el riesgo de una visión básica y concreta del sufrimiento humano, privilegiando datos cuantificables por sobre procesos cualitativos como la espiritualidad, la calidad de las relaciones, y el sentido de vida, entre otros.
El mayor riesgo, sin duda, es que las personas no logren discriminar la información que aporta la IA, validado todo como una verdad absoluta, siguiendo indicaciones como recetas, lo que puede conllevar experiencias incluso dañinas.
Si bien la inteligencia artificial es una tecnología valiosa que podemos utilizar, no reemplazará competencias exclusivamente humanas como la empatía, escucha activa, sensibilidad, creatividad y capacidad de acompañar a otro en la búsqueda de bienestar.