Las declaraciones de Donald Trump durante la cumbre de la OTAN en Ankara volvieron a sembrar incertidumbre en Oriente Medio. Tras una nueva oleada de ataques estadounidenses contra objetivos iraníes, el presidente afirmó que el alto al fuego estaba “terminado”. Sin embargo, pocas horas después, distintos miembros de su administración seguían dejando abierta la posibilidad de que continuaran los contactos diplomáticos.
La pregunta, por tanto, no es únicamente si el alto al fuego terminó. La pregunta es si realmente existió un alto al fuego en el sentido político del término.
Conviene recordar que nunca existió un acuerdo de paz. Lo firmado fue un Memorandum of Understanding (MOU), cuya fragilidad quedó en evidencia desde el primer momento.
Tampoco es evidente que las declaraciones de Trump reflejen necesariamente una decisión estratégica cuidadosamente elaborada. Su estilo político ha demostrado en numerosas ocasiones que muchas de sus respuestas surgen en intercambios improvisados con la prensa, donde la presión por obtener un titular inmediato suele imponerse a la comunicación de una política exterior coherente. Eso no significa que sus palabras carezcan de consecuencias. Significa que conviene analizarlas con cautela antes de concluir que representan un cambio definitivo de estrategia.
Más interesante que discutir una frase presidencial es preguntarse quién tiene verdadero interés en que este proceso desemboque en una paz duradera.
Los países del Golfo probablemente constituyen el grupo con mayores incentivos para lograrla. Su estabilidad económica depende de la seguridad del Estrecho de Ormuz, de la confianza de los mercados internacionales y de la continuidad de las rutas energéticas. Cada nueva escalada aumenta los riesgos para unas economías que necesitan previsibilidad mucho más que victorias militares.
Los incentivos de los protagonistas directos parecen bastante más complejos. Desde la perspectiva del gobierno israelí, resulta legítimo preguntarse si un escenario en el que el régimen iraní mantiene intacta su estructura política y conserva buena parte de su capacidad de influencia regional puede considerarse un resultado satisfactorio. Del mismo modo, también cabe preguntarse si para Teherán una confrontación limitada no termina reforzando la cohesión interna del régimen y su narrativa de resistencia frente a presiones externas.
Mientras tanto, Estados Unidos intenta salvar las apariencias para encontrar una salida a un conflicto que nunca benefició ni a Washington ni a sus socios del Golfo. Pero esa salida depende también de unos aliados y adversarios cuyos objetivos no siempre coinciden con los de la Casa Blanca.
Quizá por eso seguimos formulando la pregunta equivocada. El verdadero debate no consiste en determinar si Trump dio por terminado el alto al fuego. Consiste en preguntarse si existe una masa crítica de actores dispuestos a convertir un frágil memorando de entendimiento en un proceso de paz auténtico.
Hasta ahora, la evidencia apunta en otra dirección. En Oriente Medio, las treguas suelen funcionar más como pausas estratégicas que como el inicio de una paz duradera. Permiten reorganizar capacidades, recalcular costes y preparar la siguiente fase de la confrontación. Si esa lógica continúa predominando, lo ocurrido en Ankara no marcará el final del alto al fuego. Será, simplemente, un episodio más en la evolución de un conflicto que, por ahora, ninguno de sus principales protagonistas parece dispuesto, o quizá capaz, de cerrar.