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Familia y escuela: una alianza urgente ante la violencia escolar. Por Cardenal Fernando Chomali Garib, Arzobispo de Santiago de Chile

Queridos padres y apoderados:

Me dirijo a ustedes con afecto y agradecimiento por la hermosa y exigente misión que tienen entre manos: acompañar y custodiar el crecimiento de sus hijos, educarlos y ayudarlos a descubrir el valor de la propia vida y la de los demás y ponerla al servicio de la comunidad. Sé de sus esfuerzos y sacrificios. Los conozco muy de cerca y siempre han sido motivo de mucha admiración.

Soy consciente de que –en el contexto actual– la tarea de educar es en extremo desafiante. Muchas familias viven jornadas extensas de trabajo, atraviesan preocupaciones económicas y experimentan el cansancio y las dificultades propias de las relaciones interpersonales. La incertidumbre y las múltiples exigencias se manifiestan cotidianamente. Por eso, estas palabras no pretenden ser un juicio ni una carga más; por el contrario, quisiera invitarlos a mirar juntos una realidad que nos preocupa y nos duele profundamente: la violencia que afecta a tantas de nuestras comunidades educativas.

Nos preocupan las agresiones, las amenazas, la exclusión, así como la violencia que se prolonga en las redes sociales y los grupos de mensajería. Estamos frente a un problema urgente, pues está en juego la dignidad de nuestros niños y jóvenes, junto con el cuidado de la calidad de las relaciones humanas en nuestras comunidades.

León XIV advierte –al igual que psiquiatras y psicólogos– que los dispositivos digitales y las redes sociales pueden afectar negativamente tanto a niños como a jóvenes, pues alteran su sueño, su atención, su regulación emocional y su deseo de vínculos humanos. A ello se suma la exposición a la pornografía, a escenas violentas y a una hipersexualización de la realidad que normaliza comportamientos de riesgo. El asunto es grave, porque limita la formación que entregan padres y profesores y, a la vez, mengua su autoridad. Por eso el Papa aboga por legislaciones que establezcan límites, que responsabilicen a los proveedores de esos contenidos y que se ocupen de proteger el delicado y hermoso proceso educativo. Ya estamos atrasados en esta materia, pues la técnica avanza a una velocidad muy superior a la de la reflexión ética y la respuesta legislativa. Ello resulta especialmente delicado, porque la regulación actual deja vacíos por donde pueden filtrarse muchos contenidos nocivos para los menores de edad1.

Muchas veces la escuela es donde la violencia se hace visible, pero no es el lugar donde comienza. En su reciente encíclica Magnifica Humanitas, el Papa León XIV nos recuerda la urgencia de una alianza educativa renovada, capaz de formar en la sobriedad, de educar en el reconocimiento del derecho de los otros, en la libertad y la responsabilidad, así como en el sentido de la trascendencia y del bien común2. Esa alianza comienza cuando la familia y la escuela dejan de mirarse con sospecha y vuelven a reconocerse como colaboradoras en una misión común. Esto en un mundo digitalizado es clave, por la amenaza que representan en algunas ocasiones las redes sociales y dispositivos. Dice el Papa en la encíclica anteriormente mencionada: “Tener un teléfono móvil personal demasiado pronto y utilizarlo sin el control de los adultos puede acentuar la fragilidad y favorecer las adicciones en los jóvenes, exponiéndolos a dinámicas de aislamiento, acoso y ciberacoso»3.

Los invito a dar juntos una respuesta formativa, humana y cristiana a este gran desafío. Una respuesta que no se agote en normativas, sanciones o campañas –por necesarias que ellas sean–, sino que apunte a la raíz: la promoción de una sana convivencia, el cuidado de los vínculos y el modo en que estamos formando a nuestros hijos para convivir en una sociedad que experimenta cambios constantes y a gran velocidad. En este contexto, el Papa León XIV nos recuerda que la tarea educativa no puede recaer exclusivamente sobre las familias, afirmando que son necesarias «intervenciones legislativas que establezcan límites de edad, responsabilicen a los proveedores de servicios ―sin descargar, sobre las familias, el peso de la limitación―», porque la educación y protección de nuestros niños y jóvenes exige una verdadera alianza entre las familias, las comunidades educativas y la sociedad en su conjunto4.

A continuación, les ofrezco tres conceptos que nos pueden ser útiles para llevar adelante esta reflexión: el amor, la vocación y la reparación.

1. El fundamento del amor

Ante la violencia, nuestro primer recurso debe ser el amor. La sociedad necesita un amor cotidiano, paciente, atento y determinado; un amor que se exprese en la presencia, en el diálogo, en el cuidado y en la capacidad de acompañar la vida de nuestros hijos.

La familia es la primera escuela del amor. Allí los hijos aprenden, no con discursos, sino mirando cómo viven los adultos: cómo se tratan y se hablan, si se perdonan y resuelven sus diferencias. Aprenden del modo en que nos referimos de los profesores, de otros apoderados o del compañero distinto, del que es migrante, del que piensa diferente o del que nos incomoda.

Ningún algoritmo podrá sustituir a la familia ni a “lo que hace humana a la educación: la poesía, la ironía, el amor, el arte, la imaginación, la alegría del descubrimiento e incluso la educación en el error como oportunidad de crecimiento”5. Nuestros niños y jóvenes necesitan que sus padres o apoderados estén presentes. Adultos que escuchen y que miren a los ojos, que pregunten, que se interesen por ellos y que los acompañen. En definitiva, que los amen. Detrás de cada gesto de agresividad, indiferencia o violencia, se esconden la soledad, el dolor, la inseguridad o la falta de sentido.

2. La vocación de ser y no de parecer

Las Orientaciones Pastorales de nuestra Arquidiócesis nos recuerdan que “desde el nacimiento hemos recibido diversos dones y talentos para hacerlos fructificar, su florecimiento, fruto de la educación recibida en el hogar, junto con el esfuerzo personal, nos permitirá entender el sueño que Dios tiene para cada uno de nosotros”6. Nuestros hijos no son proyectos de rentabilidad, son personas valiosas, por ser hijos de Dios creados a su imagen y semejanza, llamadas a descubrir esa vocación, a desarrollar sus talentos y a formar una conciencia recta, a buscar el bien común y construir una vida con sentido. La educación no puede reducirse a prepararlos para el mercado; más bien, debe formar para la vida y el servicio, para la amistad, la responsabilidad y el encuentro con los demás.

Necesitamos preguntarnos qué modelo de vida estamos enseñando a nuestros hijos. La sociedad que mide el valor de las personas por su rendimiento, su éxito, su capacidad de competir, producir o consumir, va por mal camino. “El valor de una persona no depende de la posesión de capacidades singulares, logros cognitivos y tecnológicos o éxito individual, sino de su dignidad intrínseca basada en haber sido creada a imagen de Dios”7.

Es necesario actuar con prontitud para no terminar haciendo creer a las futuras generaciones que lo más importante en la vida es ganar, destacar, tener e imponerse, y que el fracaso es un mal que debe erradicarse a toda costa.

3. Los límites y la reparación como escuelas de humanidad

Amar no es sinónimo de complacencia; defender a un hijo tampoco significa justificar todas sus acciones. Si un hijo agrede, se burla o excluye a otro, necesitará mucho acompañamiento y orientación. El amor más profundo consiste en escucharlo, acompañarlo y, al mismo tiempo, ayudarlo a reconocer que se equivocó, que dañó a otro y que puede pedir perdón, reparar y volver a empezar.

Los límites que nuestros niños y jóvenes necesitan no deben imponerse desde la rabia o el autoritarismo, sino nacer del amor, de la responsabilidad y del deseo sincero de ayudarlos a crecer. La ausencia de límites deja a los hijos solos frente a sus impulsos, sus frustraciones y sus errores.

Estimados padres, apoderados, profesores, no le teman ejercer la autoridad que tienen. Su justo ejercicio es fundamental para que los alumnos sepan con claridad cuáles son los límites que nos impone una sana convivencia.

La paz que el mundo necesita requiere responsabilidad y compromiso. Las guerras no se previenen desde el escenario público, sino desde la infancia, en el seno de las familias y las escuelas. No basta con rechazar la violencia cuando afecta a nuestros propios hijos; también debemos enseñarles a no causarla, a no justificar y, mucho menos, a viralizarla y a permanecer indiferentes cuando otro sufre.

Queridas familias, la convivencia se empobrece cuando la interioridad se descuida, cuando no hay espacio para la reflexión, el silencio y la vida espiritual. La violencia escolar no se supera con las comunidades enfrentadas. Cuando nos desacreditamos mutuamente, los niños quedan en medio de una grieta educativa; pero, cuando nos reconocemos, nos escuchamos y colaboramos, se abre un camino de esperanza. Por eso debemos ayudarnos mutuamente a formar estudiantes capaces de amar, discernir, comprometerse y construir comunidad.

No están solos en esta misión. La Iglesia quiere caminar con ustedes y con nuestras comunidades educativas para generar lugares de encuentro, de respeto, de aprendizaje y de paz. No nos resignemos a la violencia: volvamos a educar juntos. Lo hacemos convencidos que, desde Jesucristo, camino, verdad, vida y luz del mundo podemos emprender un camino pedagógico orientado a fortalecer al ser por sobre el tener y poner en el centro a la persona humana siempre y bajo todas las condiciones. Es un camino precioso que los invito a recorrer juntos.

Que nuestros hogares y aulas sean espacios donde cada niño, niña y joven descubra que su vida vale, que el otro merece respeto y que la paz se construye cada día con gestos concretos de amor, verdad, justicia y reconciliación.

Nota: Carta Pastoral dada a los Padres y Apoderados de la Arquidiócesis de Santiago, viernes 24 de julio de 2026
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1 Cf. León XIV, Magnifica Humanitas (2026), 141-142
2 Cf. León XIV, Magnifica Humanitas (2026), 147
3 León XIV, Magnifica Humanitas (2026), 141
4 Cf. León XIV, Magnifica Humanitas (2026), 142
5 León XIV, Diseñar nuevos mapas de esperanza (2025), 9.2.
6 Arzobispado de Santiago, “Anunciemos la alegría del Evangelio en nuestra ciudad”. Orientaciones Pastorales 2025-2029 (2025), 9
7 Dicasterio para la doctrina de la fe – Dicasterio para la cultura y la educación, Antiqua et nova. Nota sobre la relación entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana (2025), 34

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