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¿Qué significa realmente tener un trabajo digno? Por Carmen Lamilla Almuna, directora de Trabajo Social Advance de la UNAB

Frente a un usuario o usuaria que acude solicitando datos y orientación para obtener un trabajo, con un profundo sentido de urgencia porque debe alimentar y sostener a su hijo, vemos en su rostro la desesperación. Agrega: “Me da lo mismo lo que tenga que hacer y las condiciones, sólo necesito trabajar”. Esta realidad, que para algunos puede parecer lejana, para otros es una necesidad imperiosa de sobrevivencia. Pero esa urgencia no debiera empujarnos a traspasar el límite de un trabajo que dignifique al otro, condición que tendría que estar presente, de manera transversal, en cualquier empleo. Entonces, ¿Cuándo estamos frente a un trabajo digno? ¿Cómo, desde el apoyo social a los más vulnerables, sostenemos el acceso a un trabajo que no sólo entregue un ingreso, sino también respeto?

La Organización Internacional del Trabajo define el trabajo decente como una ocupación productiva, justamente remunerada y que se ejerce en condiciones de libertad, equidad, seguridad y respeto a la dignidad humana. Sin embargo, si revisamos las condiciones concretas de inserción laboral, vemos cómo se menoscaban derechos básicos que parecen “detalles”, pero que hablan directamente de dignidad. Un ejemplo cotidiano es la hora de almuerzo en la jornada de trabajo. ¿Cuántas personas no tienen un espacio adecuado para esta pausa mínima? Pensemos en quienes almuerzan frente al computador, en el mostrador de atención o, peor aún, sentados en la calle. A esto se suma el respeto efectivo del tiempo destinado a almorzar, muchas veces reducido o absorbido por la presión de cumplir metas.

Si consideramos, además, a personas que por razones de salud tienen restricciones alimentarias, la pregunta se hace aún más compleja: en sectores como la minería, la construcción u otros rubros, ¿se tienen en cuenta estas necesidades? ¿Existe suficiente educación respecto de enfermedades que afectan al intestino, como la celiaquía, o terminan convirtiéndose en una barrera adicional para la empleabilidad, disfrazada de “falta de adaptación” o “problema personal”?

Algo similar ocurre con el acceso a servicios higiénicos en buenas condiciones. Pensemos en choferes de locomoción colectiva, recolectores de basura, repartidores y tantos otros oficios que sostienen la vida cotidiana de las ciudades. ¿Tienen efectivamente acceso a baños limpios, seguros, disponibles cuando los necesitan, o deben improvisar soluciones indignas que naturalizamos porque “así ha sido siempre”?

También debemos mirar las condiciones e implementos de seguridad, no sólo para quienes se desempeñan en trabajos catalogados como de alto riesgo, sino también para quienes requieren vías de evacuación, zonas seguras y otros espacios que les permitan resguardar su integridad. A esto se suman las condiciones de climatización en los lugares de trabajo, especialmente en un escenario de cambio climático y temperaturas extremas, que afectan de manera particular a quienes realizan labores en espacios reducidos, mal ventilados o a la intemperie.

Por otra parte, el sueldo debiera permitir vivir y no sólo sobrevivir. Esta reflexión no involucra únicamente a las personas más vulnerables, sino también a la llamada clase media que moviliza la economía del país. Una familia con tres hijos que percibe el ingreso mínimo, por muy ordenada que sea, difícilmente logra cubrir sus necesidades básicas. Se le exige capacidad de ahorro, planificación, resiliencia, pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿cómo se hace? Y, desde el trabajo social, ¿cómo acompañamos, educamos y orientamos sin caer en estigmas ni en recetas que no consideran la singularidad de cada situación y de cada contexto?

Trabajar dignamente es necesario y, al mismo tiempo, un desafío que no se ha mirado con la detención que merece. Va mucho más allá de la rebaja de la jornada laboral. Implica un entorno saludable, de buen trato, donde se respeten los horarios de conexión y desconexión. Si el trabajo entrega dispositivos o tecnologías, eso no puede traducirse en estar disponibles las veinticuatro horas del día. No naturalicemos una condición que atenta contra el sentido profundo de la vida: vivir, respirar y también disfrutar.

Por eso, necesitamos avanzar hacia mínimos comunes, un “decálogo” transversal a todos los empleos que ponga al centro a la persona y permita el crecimiento profesional junto con el desarrollo personal, sin importar el lugar o el tipo de trabajo que se realice. Hablar de trabajo digno en Chile hoy no es un lujo teórico; es una urgencia ética que se juega, día a día, en el rostro de quienes llegan diciendo: “Sólo necesito trabajar”. La pregunta que queda abierta es si, como sociedad, nos conformaremos con eso, o nos atreveremos a exigir, también, la posibilidad real de trabajar dignamente.

 

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