Los recientes reportes de Influenza Aviar altamente patógena (IAAP) H5N1 en aves silvestres en el norte del país vuelven a recordarnos que la amenaza sanitaria no es abstracta ni lejana. La circulación del virus en la fauna y en distintas regiones constituye un desafío permanente para la industria avícola, que debe convivir con un entorno cambiante y vulnerable. Quizás el mejor ejemplo para ilustrar lo dinámico que es el escenario, es que hace pocos meses Chile era declarado libre de esta condición , y hoy el foco nuevamente se reactiva.
Por lo anterior, la vigilancia sanitaria y la gestión rigurosa del riesgo son criterios que no pueden relajarse. La bioseguridad, más que un concepto técnico, es la herramienta más efectiva para proteger a nuestras aves y, en consecuencia, la seguridad alimentaria del país. Revisar, fortalecer y evaluar continuamente las medidas implementadas no es un ejercicio burocrático, sino una necesidad estratégica.
Cada acción preventiva -desde el control de accesos hasta la capacitación del personal y la trazabilidad de insumos- contribuye a cerrar la puerta al virus. La experiencia internacional demuestra que los brotes no solo generan pérdidas económicas millonarias, sino también impactos sociales y ambientales de gran alcance.
Chile ha avanzado en protocolos y normativas, pero la realidad nos exige redoblar esfuerzos. La Influenza Aviar no distingue fronteras ni sectores; por ello, la responsabilidad es compartida entre autoridades, productores y comunidades. La bioseguridad debe ser entendida como un compromiso colectivo, capaz de resguardar la salud animal, la estabilidad de la industria y la confianza de los consumidores.