Hay debates económicos que parecen muy simples, pero que cuando uno los mira con un poco más de profundidad dejan de serlo. El eventual feriado del jueves 17 de septiembre es uno de ellos.
La propuesta busca transformar las próximas Fiestas Patrias en un fin de semana de cuatro días, considerando que este año el 18 de septiembre cae viernes y el 19 sábado. Actualmente, el 17 es un día hábil y el Gobierno ya señaló que no patrocinará la iniciativa. Sin embargo, en el Congreso existen proyectos que buscan convertirlo en feriado.
Entonces, ¿qué sería mejor para la economía chilena: trabajar ese jueves o tener un día adicional de descanso? Mi respuesta es que, desde el punto de vista estrictamente económico, no es gratis regalar un día adicional de descanso, pero tampoco es correcto afirmar que ese día necesariamente perjudicará a toda la economía. Porque cuando hablamos de un feriado tenemos que distinguir entre producción que se pierde y consumo que simplemente se desplaza. Si una fábrica cierra un día, probablemente producirá menos ese mes. Si una oficina no funciona, habrá servicios que no se prestarán. Y si una empresa trabaja normalmente de lunes a viernes, un jueves feriado significa, efectivamente, un día menos de actividad.
El propio Banco Central reconoce que los feriados tienen un efecto sobre la actividad económica y que este impacto es distinto dependiendo del sector. La minería, por ejemplo, puede tener una incidencia mucho menor porque existen operaciones continuas, mientras que la industria y determinadas actividades comerciales sí tienen una relación más directa con la cantidad de días hábiles.
Pero aquí aparece la otra cara de la moneda. Durante Fiestas Patrias aumenta el gasto en restaurantes, fondas, turismo, hoteles, transporte y actividades recreativas. Por lo tanto, una parte del dinero que eventualmente no se gasta en un día laboral puede terminar gastándose en otra actividad durante el fin de semana largo. Y eso es particularmente importante en septiembre. No es lo mismo agregar un feriado en marzo que agregarlo inmediatamente antes de un fin de semana de Fiestas Patrias. En este caso existe una concentración extraordinaria de consumo. Por eso, decir que “un feriado destruye la economía” es tan incorrecto como decir que “un feriado hace crecer la economía”.
Lo que ocurre es una redistribución de la actividad económica. El problema está en cuánto de esa actividad adicional reemplaza consumo que igualmente se habría realizado y cuánto constituye realmente un gasto adicional. Si una familia que iba a gastar $300 mil durante Fiestas Patrias simplemente distribuye esos mismos $300 mil en cuatro días en lugar de tres, no estamos frente a $300 mil adicionales para la economía. Cambió el momento y posiblemente el destino del gasto, pero no necesariamente aumentó el gasto total.
Distinto es el caso de una familia que, gracias al feriado, decide viajar, alojarse en un hotel, comer en restaurantes o realizar actividades que de otra manera no habría hecho. Ahí sí existe un consumo adicional. Y esa diferencia es fundamental.
También hay que mirar el problema desde el punto de vista de las empresas.
Para una gran compañía, un día adicional de feriado puede ser manejable. Para una pequeña empresa, especialmente en sectores como comercio, gastronomía o servicios, puede significar costos importantes si necesita mantener funcionando su negocio o contratar trabajadores en condiciones especiales. Por eso, el argumento de que “el feriado beneficia al comercio” también necesita matices. Beneficia a algunos comercios y perjudica a otros. Una tienda ubicada en un centro turístico probablemente tendrá una mayor demanda. Una empresa que vende servicios a otras empresas y que funciona fundamentalmente de lunes a viernes puede, en cambio, perder una jornada completa de actividad.
Pero hay algo que me parece todavía más importante en esta discusión: la certeza.
Las empresas necesitan planificar. Contratan trabajadores, compran insumos, organizan turnos y programan producción con anticipación. Un feriado que se decide a pocas semanas de su ocurrencia genera más problemas que uno que forma parte de un calendario conocido con meses o años de anticipación. Por eso, más que discutir cada año si agregamos o quitamos un feriado, Chile debería tener una política más coherente sobre descanso, vacaciones y días festivos.
Y aquí llegamos al verdadero debate.
¿Queremos que las personas tengan más días de descanso? Me parece perfectamente legítimo. ¿Queremos que las familias tengan más oportunidades para viajar y compartir? También.
Pero si esa es la decisión que como sociedad queremos tomar, debemos reconocer que tiene un costo económico. La pregunta correcta no es si el feriado es bueno o malo. La pregunta es si estamos dispuestos a pagar ese costo y, sobre todo, si existe una manera más eficiente de compatibilizar descanso y crecimiento.
Porque descansar también tiene valor económico. Un trabajador que descansa puede mejorar su bienestar, reducir fatiga y eventualmente desempeñarse mejor. Pero eso no significa que cada día adicional de descanso aumente automáticamente la productividad. Por eso soy partidario de mirar este debate con menos consignas y más números. Un feriado no es un regalo para la economía. Pero tampoco es una catástrofe económica. Es una decisión que distribuye de otra manera el tiempo, el consumo, el trabajo y la producción.
Y en el caso específico del 17 de septiembre, mi impresión es que el beneficio social de contar con cuatro días de Fiestas Patrias es perfectamente discutible y legítimo, pero no deberíamos venderlo como una medida de crecimiento económico.
Si queremos crecer, necesitamos aumentar la productividad, la inversión, el empleo y la capacidad de producir bienes y servicios.
Si queremos descansar, hagámoslo. Pero llamemos a cada cosa por su nombre. Más descanso puede ser una buena decisión social. No necesariamente es una buena política de crecimiento económico. Y esa diferencia es precisamente la que deberíamos ser capaces de explicar.