Buscar

Farmear aura: lo que la ciencia del deporte sabe hace 50 años. Por Frano Giakoni Ramírez, director del Magíster en Gestión Deportiva UNAB

.La nutrióloga Catalina Fullerton propone hábitos concretos y sostenibles para incorporar el autocuidado a la rutina diaria. La iniciativa Vive Ligero, del laboratorio Novo Nordisk, invita a dejar de aplazar el cuidado de la salud con herramientas para abordar el sobrepeso y la obesidad

La alianza busca transformar relaves, silicato de hierro y escombros mineros en insumos para infraestructura pública, generando las condiciones técnicas y regulatorias para escalar la economía circular y reducir la huella ambiental del desarrollo de obras en Chile.

Cada temporada es una oportunidad para renovar los espacios donde vivimos. Pensando en ello, las tiendas Ohzar presentan su nueva colección 2026, una propuesta que combina diseño, funcionalidad y las últimas tendencias en decoración para ayudar a transformar cualquier ambiente del hogar en un lugar más cálido, armónico y acogedor.

Dos adolescentes se paran frente a frente en el centro de un círculo. No se tocan. Uno cruza los brazos, camina lento y sostiene la mirada. El otro responde con una pose de anime o con una celebración futbolera copiada de la televisión. Alrededor, decenas de jóvenes gritan y deciden quién tuvo más presencia. La escena se repitió en las últimas semanas en plazas de Providencia y Puerto Varas, y tiene un nombre que desconcierta a cualquier adulto mayor de treinta: farmear aura. Viene del lenguaje gamer, donde farmear significa repetir una acción para acumular recursos. Vista desde las ciencias del deporte, sin embargo, la escena no tiene nada de nueva. Es antiquísima.

Conviene partir por el origen, porque casi nadie lo menciona. El rostro global de la tendencia es Rayyan Arkan Dikha, un niño indonesio de once años que se hizo viral en 2025 bailando con lentes oscuros sobre la proa de una embarcación. Ese video no nació en TikTok. Nació en el Pacu Jalur, una competencia tradicional de la provincia de Riau donde botes de hasta cuarenta metros avanzan impulsados por decenas de remeros. El niño no estaba haciendo un show para redes sociales. Ocupaba un puesto con nombre propio, el togak luan, encargado de marcar el ritmo y de avisar al público cuando la embarcación va ganando. Ese rol suele recaer en niños y adolescentes por una razón puramente física: exige un control postural que pocos adultos logran sostener sobre una superficie inestable en movimiento. El gesto corporal más viral de los últimos años se produjo dentro de una competencia deportiva.

Ahí está lo interesante, porque el deporte lleva décadas estudiando exactamente eso. Un trabajo científico publicado en el Journal of Sports Sciences, analizó ciento cincuenta y una tandas de penales en Mundiales y Eurocopas, codificando lo que hacía cada jugador en los cinco segundos posteriores a convertir. Quienes expresaban orgullo de manera visible, brazos arriba, torso expandido, pecho abierto, puños apretados, pertenecieron mayoritariamente al equipo que terminó ganando la serie. La explicación que proponen los autores no es mística sino social: contagio emocional. El cuerpo del que celebra le informa algo al compañero que viene detrás y también al rival que espera su turno. Vale la aclaración metodológica, porque el estudio es observacional y describe una asociación, no una causa comprobada. Nadie gana una definición por celebrar bien.

Hay un dato todavía más revelador. Tracy y Matsumoto publicaron un análisis de judocas de Juegos Olímpicos y Paralímpicos que incluyó atletas ciegos de nacimiento, personas que jamás habían visto a alguien celebrar una victoria. Al ganar, produjeron la misma postura que el resto: mentón elevado, brazos separados del cuerpo, torso ensanchado. La expresión de orgullo no se aprende mirando televisión. Forma parte del repertorio humano. Lo que los adolescentes llaman aura es, en rigor, una gramática corporal de estatus que la especie usa desde mucho antes del algoritmo.

La conexión chilena resulta incómoda. La Encuesta Nacional de Actividad Física y Deporte 2024 mostró que solo el 26,4 por ciento de los niños, niñas y adolescentes entre cinco y diecisiete años cumple las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, y que en el contexto escolar esa cifra cae al 18,5 por ciento. Mientras el país discute cómo lograr que los estudiantes se muevan sesenta minutos al día, cientos de adolescentes se autoconvocan por redes sociales para pasar una tarde completa de pie, improvisando movimiento y observando cuerpos ajenos. No es entrenamiento ni pretende serlo, y algunas convocatorias terminaron desbordadas por su propio tamaño. Pero como señal conductual es demasiado nítida para descartarla. Lo que falla en la promoción de la actividad física rara vez es el cuerpo del adolescente. Casi siempre es el formato que se le ofrece.

El deporte fue, mucho antes de las redes sociales, la tecnología más eficiente que inventó la humanidad para farmear aura en público. Le puso reglas, escenario, jurado y un código compartido a un impulso que ya existía. Lo que hoy divierte o incomoda a los adultos en una plaza es la misma pulsión que llena estadios cada fin de semana. La pregunta relevante para la gestión deportiva no es cuánto durará la moda, sino por qué el sistema institucional necesita tanto presupuesto para activar el espacio público mientras miles de jóvenes lo activan solos, gratis, y sin que nadie sepa leer lo que están diciendo con el cuerpo.

noticias relacionadas

Cuando los supermercados cierran, el almacén de barrio mantiene vivo el abastecimiento. Por Alfredo Kameid, gerente general de Grupo Kameid

Revolución tecnológica y el desafío humano de no dejar de pensar. Por Miguel Sanhueza Olave, Académico Departamento de Electricidad, Facultad de Ingeniería UTEM

Gobernanza de Inteligencia Artificial: ¿quién controla cuándo comienza a decidir?. Por Fernando Benavides, gerente Ennovate y socio de la Cámara Chilena de Inteligencia Artificial

El costo de no saber. Por Juan Pablo Granda, director ejecutivo de Lemontech