En el marco del Día Mundial del Crecimiento Infantil, especialista explica por qué observar la trayectoria de crecimiento de niños y adolescentes es fundamental para detectar oportunamente posibles alteraciones. La genética es importante, pero no es el único factor que determina la estatura. Asimismo, aclara algunos mitos frecuentes, como la idea de que los ejercicios de estiramiento pueden aumentar la talla.
El crecimiento de un niño es una de las preocupaciones más frecuentes de madres y padres. Preguntas cómo “¿está creciendo lo suficiente?”, “¿será bajo porque nosotros somos bajos?” o “¿hay algo que podamos hacer para que crezca más?” aparecen habitualmente durante la infancia y, especialmente, al acercarse la pubertad.
Aunque en la mayoría de los niños el crecimiento sigue una trayectoria normal, existen señales que pueden indicar que algo no está ocurriendo como se espera. Por eso, en el marco del Día Mundial del Crecimiento Infantil, que se conmemora cada 20 de septiembre, especialistas llaman a las familias a observar el crecimiento a lo largo del tiempo y a mantener los controles de salud periódicos.
Uno de los mitos más frecuentes es que los ejercicios de estiramiento o elongación pueden aumentar la estatura. La doctora Carolina Loureiro, endocrinóloga pediátrica de Endoplus, explica que estos ejercicios pueden mejorar la flexibilidad y la postura, pero no alargan los huesos ni modifican la talla final determinada por el potencial de crecimiento de cada niño. Esto no significa que el ejercicio no sea importante. Por el contrario, mantener una vida físicamente activa durante la infancia y adolescencia es fundamental para el desarrollo integral.
“El deporte, el movimiento, el juego y las actividades al aire libre deben formar parte de la vida cotidiana de niños y adolescentes. La actividad física contribuye a una buena salud ósea y muscular, ayuda a mantener una composición corporal saludable y favorece el bienestar físico y emocional. Todo ello genera un entorno favorable para que el niño pueda desarrollar adecuadamente su potencial de crecimiento”, señala la especialista.
La genética importa, pero no es una sentencia
Otra pregunta frecuente en la consulta pediátrica es cuánto influye la estatura de los padres en la talla de sus hijos. La genética tiene un papel muy relevante y permite estimar un rango de talla familiar o talla diana. Sin embargo, esta estimación no permite predecir con exactitud cuánto medirá una persona en la adultez. En el crecimiento también intervienen la nutrición, el estado general de salud, las hormonas, el inicio y progresión de la pubertad y diferentes factores ambientales. Por eso, tener padres de talla baja no debería ser motivo para asumir automáticamente que un niño es bajo “solo por genética”.
“Cuando los padres son de talla baja es especialmente importante observar cómo está creciendo el niño. Si simplemente asumimos que su estatura se debe a la familia, podemos pasar por alto una alteración del crecimiento. La talla familiar nos orienta sobre el potencial genético, pero siempre debe interpretarse junto con la velocidad de crecimiento y la trayectoria que el niño ha seguido en su curva”, explica la doctora Loureiro.
Al mismo tiempo, la especialista enfatiza que la talla baja por sí sola no significa necesariamente que exista una enfermedad. Muchos niños sanos tienen una estatura menor que la de sus pares y mantienen una velocidad de crecimiento adecuada.
Más importante que un número: observar cómo crece en el tiempo
Una de las principales señales de alerta no es simplemente “ser bajo”, sino crecer más lentamente de lo esperado para la edad y etapa de desarrollo. La velocidad de crecimiento se evalúa comparando mediciones precisas de la estatura realizadas a lo largo del tiempo. Cuando un niño deja de crecer al ritmo esperado o comienza a descender progresivamente respecto de su trayectoria habitual en la curva de crecimiento, es recomendable evaluar la causa.
“Una medición aislada nos entrega información limitada. Lo que realmente nos interesa es la trayectoria. Un niño puede estar en una talla baja y crecer perfectamente bien, mientras que otro puede tener una estatura aparentemente normal, pero estar desacelerando progresivamente su crecimiento. Ese cambio de trayectoria es una señal que debemos mirar con atención”, explica.
Esta desaceleración puede tener múltiples causas y no necesariamente corresponde a un déficit de hormona de crecimiento. Alteraciones nutricionales, enfermedades crónicas, trastornos gastrointestinales, endocrinos o genéticos, entre otras condiciones, también pueden afectar la velocidad de crecimiento. Por este motivo, cuando existe una sospecha, la evaluación debe ser integral.
Para las familias, detectar estos cambios puede ser difícil. De ahí la importancia de mantener los controles pediátricos periódicos, en los que la estatura debe medirse correctamente y registrarse en una curva de crecimiento adecuada para la edad y el sexo.
Crecer también significa desarrollarse
En el contexto del Día Mundial del Crecimiento Infantil, la doctora Carolina Loureiro invita a las familias a mirar el crecimiento desde una perspectiva más amplia. Además de vigilar la estatura, es importante promover una alimentación saludable, actividad física regular, sueño adecuado, bienestar emocional y oportunidades de juego y vida al aire libre. En esa línea, destaca iniciativas educativas como @CrezcoBien, orientadas a entregar información a las familias y generar conciencia sobre la importancia de realizar un seguimiento del crecimiento durante toda la infancia y adolescencia.
La especialista agrega que existe otro aspecto fundamental: evitar comparar a los niños entre sí. Cada niño tiene su propia trayectoria de crecimiento y su propio ritmo de maduración.
“Mi invitación a las familias es a estar presentes, mantener los controles de salud y observar cómo sus hijos van creciendo a lo largo del tiempo. Si existe una desaceleración o algo llama la atención, es mejor consultar oportunamente. Pero también debemos evitar las comparaciones: crecer no significa alcanzar una determinada estatura, sino desarrollar de la mejor manera posible el potencial propio de cada niño. Una vida saludable, el afecto, el movimiento, el descanso y el cuidado de la salud física y emocional también forman parte de ese proceso”, concluye.