Hay algo profundamente significativo en que 248 producciones audiovisuales chilenas estén siendo recuperadas, conservadas y digitalizadas gracias a una colaboración entre el Consejo Nacional de Televisión y la Cineteca Nacional. Junto con rescatar estos programas y evitar que ciertos archivos desaparezcan se busca preservar una parte de aquello que somos.
Entre las obras se encuentran títulos que forman parte del imaginario de varias generaciones: 31 Minutos, Los 80, Diego y Glot, 12 días que estremecieron Chile, Gen Mishima, entre muchas otras. Algunas nos hicieron reír, otras nos enfrentaron a nuestra historia y otras simplemente estuvieron ahí, acompañando momentos cotidianos que hoy forman parte de nuestra memoria. Y quizás ahí está el verdadero valor de esta iniciativa.
Hoy consumimos contenidos a una velocidad inédita, pasamos de una plataforma a otra y tenemos acceso prácticamente ilimitado a producciones de cualquier lugar del mundo, pero ¿qué lugar estamos dejando para nuestras propias historias?
Nunca habíamos tenido tantas posibilidades para consumir cultura. Netflix, YouTube, Spotify, TikTok y decenas de plataformas nos ofrecen diariamente miles de horas de contenido. Pero esa abundancia también tiene un efecto paradójico, en el que aquello que vemos puede desaparecer de nuestra memoria con la misma velocidad con que aparece.
Un estreno puede convertirse en tendencia durante algunos días y luego quedar enterrado bajo cientos de nuevos contenidos. Por eso, esta tarea técnica de preservar nuestras obras audiovisuales constituye una decisión cultural.
Una sociedad no construye su identidad únicamente a través de sus monumentos, sus libros o sus museos. También lo hace a través de las imágenes que comparte, las historias que cuenta, los personajes que reconoce, las frases que repite y las emociones que experimenta frente a una pantalla.
31 Minutos, por ejemplo, no es solamente un programa infantil. Para miles de chilenos es parte de su infancia y, al mismo tiempo, una expresión particular de nuestro humor, nuestra creatividad y nuestra manera de observar el mundo. Los 80 tampoco es simplemente una serie de televisión, es una representación de una época, de una familia y de un Chile que muchas personas reconocen desde su propia experiencia.
Eso es patrimonio. Y aquí también tenemos una responsabilidad como consumidores. Nuestro país necesita fortalecer sus industrias creativas, esto es especialmente importante.
Consumir la creación nacional no debería entenderse como una obligación patriótica ni como una concesión a una industria que necesita apoyo. Debería entenderse como una oportunidad para conocer nuestras propias historias también ampliar nuestra capacidad de entender quiénes somos.
La digitalización de estas 248 obras permite que puedan seguir circulando y ser descubiertas por nuevas generaciones. La segunda parte del desafío es que nosotros queramos encontrarnos con ellas. Porque preservar el patrimonio no radica solamente en guardar el pasado, significa darle la posibilidad de seguir conversando con el futuro.