Si tuviéramos que identificar cuál es el principal desafío que enfrenta Chile hoy en el ámbito científico-tecnológico, la respuesta no es la falta de capacidades, sino la brecha en cómo articulamos el sistema en torno a las necesidades que hay que resolver. Tenemos talento, infraestructura, universidades, centros de investigación y un ecosistema emprendedor que sabe responder cuando se le pide algo concreto. Pero no basta con que exista una demanda: la clave es poder enfocar y articular las capacidades en torno a ella, y es ahí cuando se generan las oportunidades de crear valor e impacto real.
En nuestra experiencia, cuando existe una necesidad bien definida, una institución dispuesta a adoptar soluciones y recursos para llevarlas a cabo, el ecosistema responde con fuerza. Prueba de ello son las convocatorias que hemos lanzado en alimentación con Agrosuper, donde hemos evaluado más de 300 proyectos postulados, con un crecimiento de 70% en la participación entre la tercera y la cuarta versión. Ese interés no es casual, es la detección clara de una necesidad, capacidades reales para abordarla, un sistema que articula los procesos para adoptar soluciones y un camino concreto hacia el mercado.
Y es que, para que una empresa pueda innovar, necesariamente debe existir un ecosistema en torno a ella que lo haga posible. Las empresas más grandes pueden invertir en construir esa capacidad; las más pequeñas lo tienen mucho más difícil, y ahí el ecosistema de colaboración es determinante. Este patrón se repite en otros ámbitos, tanto públicos como privados. En la minería, por ejemplo, los programas de proveedores e innovación abierta de grandes empresas muestran lo mismo. Si una gran empresa plantea un problema con precisión, está dispuesta a adoptar las innovaciones y hay actores que articulan el proceso, el ecosistema de proveedores tecnológicos locales responde con soluciones aplicables y escalables, y así se va formando la cadena.
Si bien estas son tendencias positivas, conviene mirar la escala con honestidad y realismo. Según la Encuesta Nacional de Innovación en Empresas del INE, la tasa de innovación empresarial en Chile fue de 10,7% en 2021-2022; cerca de una de cada diez empresas. Lejos de contradecir lo anterior, este número muestra todo lo que tenemos por crecer. Ayudar a las empresas de todos los tamaños a innovar, articulando mejor lo que ya tenemos y coordinando en una dirección común capacidades hoy dispersas, es la mejor inversión que podemos hacer.
Ahora bien, si queremos que esto crezca y genere un impacto a escala país, aparece una pregunta mayor que no debemos postergar ni tratar como paso previo, porque ordena todo lo demás: qué país queremos ser. A partir de su respuesta resulta mucho más fácil delinear las prioridades y demandas en los distintos sectores —energía, alimentación, salud, minería o adaptación al cambio climático, entre otros—, y es desde ahí que podemos articular a mayor escala las capacidades que ya existen en torno a necesidades que de verdad son relevantes para el país. En este sentido, visión y acción no son etapas de una secuencia, sino movimientos simultáneos que se alimentan mutuamente.
Por eso la gran misión que tenemos por delante no depende necesariamente de generar más capacidades ni de aumentar tanto los recursos. Antes de eso, convendría identificar y articular bien los que ya tenemos para que las inversiones sean más eficientes con lo existente, y desde ahí crecer según lo que las necesidades del país vayan marcando como prioridad. Ese salto, de la articulación caso a caso a la articulación país, es el que puede transformar el talento existente en un salto significativo para el desarrollo nacional.