Esta Semana de “Concientización de las Infecciones Fúngicas” representa una oportunidad para impulsar una conversación nacional sobre un desafío sanitario que requiere mayor atención: ¿cómo podemos implementar en Chile la hoja de ruta propuesta por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para enfrentar las enfermedades fúngicas y la creciente resistencia antifúngica?
Según la OMS este es un desafío emergente para la salud pública mundial. Se estima que más de 300 millones de personas desarrollan anualmente una enfermedad fúngica –es decir, causada por hongos–, mientras que la resistencia a los antifúngicos amenaza la efectividad de los tratamientos disponibles. Frente a este escenario, en junio del 2026 la OMS publicó una hoja de ruta, que propone fortalecer la respuesta en ámbitos como la prevención, el diagnóstico, la vigilancia epidemiológica y microbiológica, el acceso a tratamientos, las capacidades de laboratorio y la investigación. Un elemento central de esta estrategia es reconocer que las enfermedades fúngicas y la resistencia antifúngica también están determinadas por factores ambientales y, por lo tanto, requieren la perspectiva de Una Salud.
Chile cuenta desde 2017 con un Plan Nacional contra la Resistencia a los Antimicrobianos que, incorpora explícitamente la vigilancia de la resistencia a antibióticos en humanos, animales y ambiente. Sin embargo, la resistencia antifúngica debe adquirir mayor presencia dentro de esta agenda.
Las infecciones fúngicas no pertenecen exclusivamente a la medicina humana. Los hongos están presentes en nuestros hogares, hospitales, clínicas veterinarias, animales, alimentos, suelos y ecosistemas. Comprender dónde circulan, qué factores favorecen la enfermedad y cómo emerge la resistencia requiere conectar información proveniente de personas, animales y ambiente.
Candida spp. y Aspergillus spp. constituyen dos ejemplos representativos de hongos ampliamente distribuidos, en distintos reservorios y ambientes —incluidos suelo, agua y espacios asociados a actividades humanas y animales— y de afectar a diferentes hospederos. Determinadas especies pueden causar infecciones oportunistas, especialmente en individuos inmunocomprometidos. Entre ellas, Candida auris y Aspergillus fumigatus han adquirido particular relevancia debido a la emergencia y expansión de la resistencia a los antifúngicos, constituyendo importantes desafíos para la salud pública.
Estos ejemplos muestran que Una Salud no significa simplemente sumar tres componentes —humano, animal y ambiental—. Significa comprender las conexiones entre ellos, preguntarnos qué hongos circulan, dónde se encuentran, qué factores ambientales y epidemiológicos favorecen su emergencia, cómo evolucionan sus mecanismos de resistencia y de qué manera los cambios observados en un componente del sistema pueden repercutir sobre los demás.
Frente a microorganismos capaces de atravesar las fronteras entre personas, animales y ecosistemas, la respuesta también debe hacerlo. Necesitamos con urgencia incorporar la dimensión veterinaria y ambiental, y abordar estas infecciones desde una perspectiva interdisciplinaria.