Cada septiembre, antes que las banderas, llegan las cifras. Que se suben tres kilos. Que cinco. Que una persona llega a triplicar su consumo calórico diario. La advertencia se repite con puntualidad de almanaque en matinales, portales y consultas médicas, siempre con el mismo tono de sentencia. El problema es que cuando uno va a buscar ese número donde debería estar, en investigaciones que hayan pesado cuerpos chilenos antes y después de la fiesta, el número no aparece.
Lo que sí existe es evidencia local, y dice otra cosa. Un estudio longitudinal siguió a 104 colaboradores de la Universidad de Magallanes antes, durante y después de las Fiestas Patrias, midiendo peso, circunferencia de cintura, actividad física y patrón de ingesta alimentaria. El resultado fue ruidoso en el plato y silencioso en el cuerpo: hubo diferencias significativas en la ingesta calórica y de macronutrientes, pero ninguna en el peso, en la cintura ni en la actividad física de los participantes. Comieron distinto. No terminaron siendo un cuerpo distinto.
Una segunda investigación, publicada en el Journal of Movement and Health por el grupo IRyS de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, afinó la medición. Evaluó con absorciometría dual de rayos X, la técnica de referencia para composición corporal, a estudiantes universitarios con sobrepeso y obesidad, dos veces antes de las vacaciones de septiembre y una vez después. Ahí sí apareció un cambio: un aumento significativo de la masa grasa total de 428 gramos, junto con una caída del índice musculoesquelético relativo. Cuatrocientos veintiocho gramos. No cinco kilos. Y, sobre todo, un cambio que ninguna balanza doméstica iba a detectar.
Conviene decirlo con honestidad. Son estudios chilenos de muestras acotadas, uno de ellos con apenas once participantes, y no permiten cerrar el tema. Pero incluso con esa limitación son más de lo que respalda a la cifra que se repite todos los años, que no tiene detrás ninguna medición conocida.
Esa distancia entre lo que la pesa marca y lo que el cuerpo hace es justamente donde las ciencias del deporte tienen algo que decir. La masa corporal total es un indicador pobre en períodos cortos, porque se mueve por razones que nada tienen que ver con la grasa. El sodio de un asado retiene agua. El alcohol altera el equilibrio hídrico. Cada gramo de glucógeno almacenado arrastra consigo varias veces su peso en agua, de modo que después de días de empanadas, sopaipillas y chicha el músculo y el hígado están literalmente más llenos. Buena parte de los kilos que aparecen el 19 de septiembre es agua, contenido intestinal y sustrato energético, y se va sola. Lo que no se va sola es la fracción pequeña de grasa que sí se instaló y el músculo que se perdió por dejar de entrenar.
Ahí está el punto que la conversación anual esquiva. El 18 no engorda a nadie. Pesa lo que no vuelve después. La rutina que se corta un miércoles y se retoma en octubre, o nunca. A eso se suma un dato fisiológico bien documentado: un trabajo publicado en PLoS ONE mostró que ingerir alcohol después de una sesión de entrenamiento reduce las tasas de síntesis proteica muscular incluso cuando la persona consume proteína suficiente. Sumado al deterioro del sueño, la ecuación deja de ser calórica y pasa a ser de recuperación interrumpida.
Hay además una paradoja que casi nunca se menciona. Las Fiestas Patrias son una de las pocas fechas del año en que Chile se mueve espontáneamente y sin discurso sanitario de por medio. Se baila cueca, que es actividad física de intensidad moderada, comparable a una caminata rápida. Se está de pie durante horas en fondas y ramadas. Se juega rayuela, se eleva volantín, se corre en patio ajeno. Todo eso ocurre sin aplicación, sin meta de pasos y sin culpa, en un país donde la última Encuesta Nacional de Salud mostró que cerca de nueve de cada diez adultos son inactivos en su tiempo libre. Septiembre no es la excepción sedentaria del calendario chileno. Es más bien lo contrario.
El problema no son cuatro días de exceso, sino el resto del año, que no genera titulares. La discusión sobre el peso del 18 opera como coartada: permite hablar de salud una semana al año, con cifras que ninguna investigación respalda, y volver después al silencio. La pregunta útil no es cuántos kilos se suben en Fiestas Patrias. Es por qué en Chile el movimiento colectivo solo aparece cuando la excusa es cultural, y se apaga apenas se le nombra como salud.