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Erosión fiscal y automatización: el impacto tributario de reemplazar trabajadores por máquinas. Por Carlos Montero Académico Carrera Contador Auditor Universidad de Las Américas

Se modernizaronsus 1.150 m², incorporando una nueva distribución de las áreas de entrenamiento, salas completamente renovadas, espacios de cowork y una infraestructura que eleva el estándar deportivo de la Región de Valparaíso.

Mesas y sillas plegables, bolsos para picnic, cocinillas y carpas forman parte de la propuesta de la marca, que también cuenta con un showroom en Quilpué para conocer sus productos de cerca.

La división de la estatal licitó un contrato a ocho años que reemplazó la totalidad de sus vehículos diésel por unidades cero emisiones, adelantándose a las metas corporativas de la cuprífera al 2030.

En Chile, cada vez que una empresa decide automatizar un área y desvincular colaboradores, se produce un doble impacto negativo en las arcas fiscales. Por un lado, el fisco deja de percibir el Impuesto Único de Segunda Categoría (tributo progresivo que se descuenta mes a mes del sueldo de los trabajadores dependientes) y las cotizaciones previsionales (porcentaje obligatorio destinado a financiar la salud pública o privada en Fonasa o Isapre y el fondo de jubilación en las AFP).

Por otro lado, a nivel tributario y contable, ocurre un fenómeno que beneficia directamente a la compañía: la máquina o software adquirido se registra como un Activo Fijo (bien físico o intangible duradero que la empresa compra para operar). La normativa chilena permite aplicar la depreciación sobre estos activos (el reconocimiento legal del desgaste de la maquinaria a lo largo del tiempo). Esto actúa como un gasto que reduce las utilidades declaradas en el balance, logrando que la empresa termine pagando un menor Impuesto de Primera Categoría (el tributo anual que grava las ganancias corporativas). En la práctica, el fisco pierde ingresos por partida doble.

Frente a esta realidad global, el cofundador de Microsoft, Bill Gates, planteó una advertencia que hoy cobra total vigencia: «Si un trabajador humano genera 50.000 dólares en una fábrica y paga impuestos por ello, y un robot viene a hacer lo mismo, deberíamos gravar al robot a un nivel similar». Su propuesta apunta a que las compañías compensen con un gravamen específico los recursos sociales que dejan de tributarse cuando una máquina desplaza a una persona.

Ahora, llevado a la realidad nacional, esto ocurre frente a nuestros ojos al hacer las compras de la semana. Imagina un supermercado tradicional de barrio que opera con 10 cajas y decide modernizarse, manteniendo seis cajeros humanos y reemplazando los otros cuatro puestos por tótems de autoatención.

Si tomamos como referencia un sueldo promedio de $600.000 líquidos por cajero, la empresa no paga las cotizaciones obligatorias de esas cuatro personas. En cifras concretas, el sistema de seguridad social deja de recibir cerca de $168.000 mensuales solo en aportes de salud y aproximadamente $264.000 al mes en fondos de pensiones y seguro de cesantía. En un solo año, por el simple hecho de automatizar esas cuatro cajas, se genera un forado superior a los $5.100.000 en fondos que sostienen la red de protección social. A esto se suma que la cadena de retail pagará menos impuesto corporativo al rebajar como gasto la compra de los nuevos sistemas automáticos. En palabras sencillas, es dinero que no fluye hacia las necesidades del país.

La transformación digital y la inteligencia artificial llegaron para quedarse y son, sin duda, indispensables para el crecimiento económico. Sin embargo, el ámbito tributario debe avanzar de la mano con esta modernización. Es necesario abordar este debate estructural para no generar vacíos legales ni pérdidas de ingresos fiscales, ya que esos recursos son indispensables para Chile y sostener las acciones sociales que benefician a todos sus ciudadanos.

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