El Día Mundial Sin Automóvil invita a una pausa necesaria en medio del compás acelerado de las ciudades. Sin embargo, más que una efeméride simbólica, esta fecha exige una revisión crítica y basada en evidencia sobre cómo nos movemos y el costo ambiental y social que asumen nuestras ciudades.
En Chile, el sector energía es el principal responsable de los gases de efecto invernadero (GEI), y dentro de este, el transporte terrestre representa cerca de una cuarta parte del total de las emisiones nacionales, superando el 23% según el Inventario Nacional de GEI del Ministerio del Medio Ambiente.
Los vehículos particulares livianos aportan la mayor cuota de este impacto y exhiben la eficiencia energética más baja por persona transportada. En promedio, un automóvil a combustión emite entre 150 y 190 gramos de
por kilómetro, movilizando en nuestras urbes a apenas 1,2 personas por viaje. Para dimensionarlo en términos cotidianos, completar un trayecto urbano habitual de 20 kilómetros en automóvil genera más de 3 kilogramos de
, una cantidad de emisiones que equivale a cargar la batería de un teléfono inteligente más de 250 veces por cada viaje individual.
Frente a esta realidad, la respuesta moderna no puede reducirse a un simple recambio tecnológico: sustituir un automóvil a combustión por uno eléctrico reduce emisiones locales, pero mantiene intactos congestión, los siniestros viales y el uso del espacio público. La verdadera vanguardia urbana no consiste en llenar las calles de vehículos eléctricos individuales, sino en transformar la jerarquía de cómo nos movemos.
Esto exige aplicar con decisión la pirámide invertida de la movilidad: ubicar en la cúspide la caminata y la bicicleta, respaldadas por un transporte público masivo, limpio y eficiente como eje articulador. La clave contemporánea no es depender de un único medio, sino fomentar una intermodalidad real, donde pedalear, caminar y combinar con el metro, tren o bus sea más rápido, seguro y accesible que encender un motor. En esta estructura, el automóvil particular, sea cual sea su tecnología, debe quedar relegado al último eslabón de prioridad.
El desafío, entonces, es repensar nuestros hábitos y el diseño de nuestras ciudades. El Día Mundial Sin Automóvil nos recuerda que avanzar hacia una movilidad verdaderamente sostenible exige más que tecnología de recambio: requiere infraestructura intermodal integrada y un cambio cultural profundo que priorice el bienestar colectivo y el espacio compartido por sobre la inercia del viaje individual.